Iglesia Presbiteriana en Levittown
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Escrito por Rvdo. Jorge Daniel Zijlstra Arduin   
Jueves 07 de Octubre de 2010 13:14

Acompañar a las personas que sufren por la inminencia de su muerte es, como dijimos, una tarea habitual para la comunidad de fe. Varias veces hemos sentido que para realizar esta tarea pastoral nos faltaban aportes sistematizados que ofrecieran un justo equilibrio entre: el análisis de la influencia que ejerce la realidad sobre las diversas situaciones existenciales, los aspectos psicológicos y emocionales que permean el proceso de morir, y los temas bíblicos y teológicos que permitan una redefinición de las cuestiones más desfiantes que surgen ante la inminencia de la muerte.


PASTORAL DE ACOMPAÑAMIENTO A PERSONAS
ENFERMAS TERMINALES

 

Por
Jorge Daniel Zijlstra

 


Tesis presentada
En cumplimiento parcial de los requisitos
para la obtención del grado de Licenciatura en Teología y Pastoral

 

 

 


Motivaciones
Al ir realizando la tarea que se ofrece a continuación,
a menudo, resurgían en mi memoria varios rostros y casos que han marcado mi vida y la percepción de la existencia toda.
Como ejemplo quiero mencionar a:
~ mi prima Betty que -como enfermera- "ayudó
activamente a morir" a su propia hermana que sufría
por un cáncer terminal y dejaba tras de sí a sus hijos
y esposo siendo muy jóvenes todos;
~ mi abuelita que con más de 90 años no podía comprender
que dos de sus hijos y su nieta murieran por cáncer y
que Dios "se olvidó" de llevarse a ella primero;
~ a Pedro Zandstra -anciano de la Iglesia en uno de mis primeros años de pastorado- que con su vivencia de la propia muerte me enseñó lo valiosa que es la fe y la esperanza
para llegar a una aceptación de la muerte
y para encontrarle sentido a la existencia;
~ y a Claudia, esposa de mi cuñado, que hace dos años que "está muriendo" -lo que ha puesto
en crisis la vida familiar- a pesar de esto,
no pierde las esperanzas y está aceptando
el inminente fin de su existencia.*
En estas personas y en mis hijos pienso al ofrecer mi trabajo y, fundamentalmente, en aquellas a las que nos tocará acompañar
en los próximos años.
Ellas son mi principal motivación.

Jorge Daniel Zijlstra.
Seminario Bíblico Latinoamericano
San José, Costa Rica
23 de Junio de 1998

TABLA DE CONTENIDOS

INTRODUCCIÓN 1


CAPÍTULO 1: CONTEXTO CONDICIONANTE DE LA VIVENCIA DE LA MUERTE Y DEL MORIR 6
1. La importancia del contexto para el planteamiento de la pastoral 6
2. Una sociedad que niega la muerte y el sufrimiento niega la vida misma 8
3. Hay una finalidad en todo 15


CAPÍTULO 2: VIVENCIA DE LA MUERTE Y DEL MORIR 18
1. ¿Dónde se muere? Nuevo lugar, nueva problemática 18
2. La muerte como desafío para la existencia: la manera de vivir la experiencia de la muerte 26
3. Fases del morir: desarrollo y proceso vital que evidencia cómo se muere 30
3.1 Fase de la ignorancia 31
3.2 Fase de inseguridad 32
3.3 Fase de negación implícita y aislamiento 32
3.3.1 Problemática de la comunicación de la verdad 33
3.3.2 ¿Quién y cuándo comunica la verdad? 34
3.3.3 Implicaciones de la comunicación y rol de la persona que acompaña 37
3.4 Fase de la negación explícita 38
3.5 Fase de la ira y la rebelión 38
3.6 Fase del pacto y tratos con el destino 39
3.7 Fase de la depresión 39
3.8 Fase de la aceptación 41
4. ¿Cuándo se muere? El problema ético referente al acortar o prolongar la vida del moribundo: eutanasia, práctica distanásica o adistanásica y ortotanasia. 45
4.1 Criterios éticos de la ortotanasia 50


CAPÍTULO 3: JESÚS, LA PERSONA SUFRIENTE Y EL SENTIDO DE LA EXISTENCIA HUMANA 52
1. Les entrañas de Jesús se mueven al contemplar el sufrimiento 52
2. Sentido cristiano de la existencia 56
3. Una perspectiva para la vida: esperanza escatológica y resurrección humana 61


CAPÍTULO 4: LÍNEAS INTEGRALES DE ACCIÓN PASTORAL 67
1. El acompañamiento pastoral a la persona enferma terminal 67
2. Proceso de acompañamiento solidario a quienes sufren: relectura del libro de
Job 2: 11 a 13 69
2.1 El enterarse de los males que está padeciendo el hermano o la hermana 72
2.2 Ir aunque cueste 74
2.3 Comunidad solidaria 74
2.4 Ver claramente la realidad 76
2.5 No abandonar 77
2.6 El silencio como canal de comunicación con la persona que sufre 77
3. La persona acompañante en la pastoral con personas moribundas 78
3.1 Puntos de partida del acompañamiento 78
3.2 Actitudes y aptitudes de la persona acompañante 81
3.3 Acompañar a la persona sufriente: responsabilidad de toda la comunidad cristiana 85


CONCLUSIÓN 88


BIBLIOGRAFIA 91

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


INTRODUCCIÓN

En el ministerio pastoral de la comunidad cristiana es sumamente habitual enfrentarse al desafío de acompañar -desde la vivencia de la fe en Jesucristo como Señor de la Vida- a un hermano o hermana que está pasando por la experiencia de una enfermedad que, se sabe, será el prólogo de su muerte. Ante esta realidad existencial muchas veces las personas encargadas de la pastoral nos encontramos desprovistas de herramientas que nos sirvan para enfrentar dicho ministerio y problemática.
Por esto, tener elementos que nos permitan ser eficaces en el acompañamiento y la consolación, es de suma importancia para el desempeño de la pastoral de la comunidad cristiana.
El presente trabajo tiene ciertas limitaciones en cuanto al estudio, la primera de ellas radica en que nuestro interés está fijado principalmente en la persona enferma terminal como sujeto de nuestra investigación; esto hará que, por ejemplo, el factor familia sea trabajado pero no en profundidad.
En otras palabras, el sujeto de estudio es la persona enferma que está "pronta" a morir, mientras que el objeto de nuestro investigación es -específicamente- la pastoral consecuentemente requerida.
En segundo lugar, la intención es limitar los alcances de la presente investigación, y de los consiguientes planteos pastorales, a la membresía de nuestras iglesias. Esta delimitación tiene como fundamento el que nuestro aporte se hará desde una vivencia y perspectiva definida por nuestra fe cristiana y por la comprensión del ministerio de acompañamiento y consolación como forma de acercamiento de la Iglesia a la persona sufriente.
Además, por la experiencia de la inminencia de la muerte y su peso opresivo sobre el ser humano es oportuno trabajarlo desde una perspectiva de liberación y esperanza. No en el sentido que la muerte "nos libera de los sufrimientos de este mundo" sino en el sentido de que la acción pastoral debería poder generar esperanza y aportar un sentido a la vivencia de la situación de enfermedad terminal que sea menos opresivo en lo psico - sociológico y por lo tanto más liberado del proceso de enfermedad en su conjunto. Todo esto en la perspectiva de búsqueda de un sentido para la vida.
La psicología pastoral con el aporte de sus elementos teóricos y conceptuales nos ayudará a plantear una pastoral para el moribundo, ya que esta área de la teología pastoral aporta elementos que permiten la elaboración (en sentido psicológico) de los procesos de enfermedad terminal y sus consecuentes depresiones, crisis, etcétera.
Los objetivos de este trabajo serán entonces:
• Ver cuál es la influencia condicionante del contexto socioeconómico y cultural sobre la vivencia de la vida y la muerte de las personas a acompañar (Capítulo 1).
• Ver como se vivencia la muerte en el contexto médico-hospitalario de nuestro continente, y describir los aspectos psicológicos que definen la vivencia de la persona enferma a fin de formular perspectivas de acción pastoral (Capítulo 2).
• Juzgar qué enfoques bíblicos son pertinentes de profundizar en relación a las temáticas de la enfermedad, el sufrimiento y la muerte, para la elaboración de pautas pastorales para las personas moribundas (Capítulo 3).
• Actuar desde las comunidades de fe será la meta de este trabajo por lo cual se intentará aportar -a las comunidades- algunas pautas pertinentes e integrales de acción pastoral para la persona enferma y su entorno (Capítulo 4).
Para comprender la situación de quién afronta la experiencia de la muerte próxima, es necesario entonces, tener una valoración referente al doble contexto condicionante de la experiencia humana en que se vive la enfermedad: un contexto socio económico y cultural definido fundamentalmente por la negación de la muerte y de sus causas y por el status social de la persona -cuestión que será analizada en el Capítulo 1-; y un contexto médico-hospitalario sumamente tecnologizado e influenciado por el anterior, será en ese medio que la persona enferma terminal deberá vivenciar las diferentes fases del proceso del morir como se verá en detalle en el Capítulo 2.
La vivencia del proceso del morir necesariamente deberá ser estudiada en profundidad ya que, para el planteamiento de una pastoral integral, es menester comprender las implicancias psicológicas y afectivas que tiene la inminencia de la muerte para la persona enferma. En esta parte serán analizadas las problemáticas éticas fundamentales que se plantean en el proceso del morir, es decir el problema de la comunicación de la verdad y la cuestión de la prolongación o no de la vida del paciente. Esta segunda cuestión será analizada en mayor profundidad y se aportaran nuevos conceptos que ayudaran a redefinir la problemática de la eutanasia.
Intentaremos, además, aportar en el Capítulo 3 algunas líneas de interpretación desde lo bíblico teológico que ayuden a comprender los alcances de la compasión de Jesús hacia las personas sufrientes. Se intentará también ver en qué manera Su muerte y resurrección -como hecho central de la historia de la salvación- puede dar sentido a la existencia humana (con la muerte incluida) y aportarle esperanza a la persona sufriente aún en los momentos de mayor adversidad.
Existen, especialmente a partir de la década del 70, varios estudios que plantean los alcances e implicancias del ministerio pastoral en su conjunto, se pueden encontrar también escritos que se explayan -partiendo de los aportes realizados desde la psicología pastoral y consejería o acompañamiento pastoral- sobre los desafíos que enfrentan las pastorales específicas.
El presente trabajo de investigación estará, en tanto, definido por un interés de aportar a una pastoral integral partiendo de una sólida base en el análisis de la realidad y en el conocimiento referente a las vivencias de las personas moribundas. Desde allí es que se hará una lectura de algunos temas relevantes desde la perspectiva bíblico teológica para llegar finalmente al capítulo 4 donde se definirá la pastoral propiamente dicha y se buscará ver en que manera desarrollar el proceso del acompañamiento a la persona sufriente.
Acompañar a las personas que sufren por la inminencia de su muerte es, como dijimos, una tarea habitual para la comunidad de fe. Varias veces hemos sentido que para realizar esta tarea pastoral nos faltaban aportes sistematizados que ofrecieran un justo equilibrio entre: el análisis de la influencia que ejerce la realidad sobre las diversas situaciones existenciales, los aspectos psicológicos y emocionales que permean el proceso de morir, y los temas bíblicos y teológicos que permitan una redefinición de las cuestiones más desafiantes que surgen ante la inminencia de la muerte.
Es entonces, desde la cotidianeidad que conlleva la tarea pastoral de acompañar a las personas sufrientes y desde el sentido de carencia que nos ha producido el sentirnos sin herramientas para estar más sólidos al acompañar, que ofrecemos el fruto de este trabajo.
En otras palabras el móvil fundamental para intentar realizar un aporte significativo a la pastoral con las personas sufrientes está marcado afectiva y definitivamente por las propias experiencias de acompañamiento que, si bien han sido fecundas para nuestra vida, nos han dejado el sabor amargo de saber que podríamos haber aportado más de haber tenido en nuestras manos algunos recursos que hoy podemos compartir.
La experiencia personal -marcadas por muertes y sufrimientos de gente querida o cercana- ha ido redefiniendo nuestra vida y condicionando la manera de vivenciar cada momento de la existencia, esto ha influenciado -obviamente-el presente trabajo.
Que el Dios de nuestras vidas haga propicio el fruto de este trabajo.

¡Soli Deo Gloria!
CAPÍTULO 1
CONTEXTO CONDICIONANTE DE LA VIVENCIA DE LA MUERTE Y DEL MORIR

1. La importancia del contexto para el planteamiento de la pastoral
Es indiscutible que toda pastoral que desee ser pertinente necesita entender la dinámica del contexto en el que desarrollará su acción. Esto es importante, por un lado, porque se debe tomar conciencia de las implicancias de ese contexto en la vida de las personas a las que se va a acompañar (en este caso, aquellas que sufren por la inminencia de la muerte), y porque -a la vez- esa misma coyuntura multifacética y plurisignificante afecta e influye a los y las agentes de la pastoral.
El estudio del contexto, en otras palabras, es importante en cuanto que da relevancia a la pastoral y permite asumir la influencia de dicha realidad en las personas encargadas de realizarla y en las destinatarias, ambas partícipes de la misma sociedad.
Al enfrentar desde lo pastoral las temáticas de la muerte, el sufrimiento, o la enfermedad, se debe tener plena consciencia de que hay cuestiones globales que deben ser consideradas para no quedar en superficialidades. Vale decir que:

"el desafío mayor de la pastoral, aunque siempre preocupada por las conciencias, no puede desconocer la existencia y el poder de las propias estructuras globales en las que vivimos y de las cuales somos tributarios...¿cómo pensar y combatir la enfermedad sin tener en cuenta los procesos históricos que la condicionan?"

Es claro para la pastoral que se intenta delinear que no es posible hablar de los sufrimientos de los o las moribundos, o de la visión de la muerte que se tiene, aislando estas cuestiones particulares de otras más englobantes que están relacionadas , porque las vivencias de cada persona se hallan afectadas "por el contexto humano dentro del cual sufrimos".
Existe un gran riesgo para la pastoral si se limita a atender una sumatoria de cuestiones meramente individuales; esto haría que se pierda la riqueza de mirar la situación en perspectiva y contexto a fin de proponer una pastoral integradora y contextualizada.
Carol Lee indica que "hay pérdidas de otras clases que desempeñan un papel importante porque nos ilustran" acerca de la que es objeto de esta investigación. Esas pérdidas son de otras clases que el dolor netamente personal como, por ejemplo, las tragedias próximas o lejanas, el hambre, la injusticia, las guerras, etcétera, (igualmente al identificarse con ellas, la persona vivenciará también un dolor en su interior).
Por ello se debe mirar a la persona desde su ser individual y además en el contexto de la sociedad y la cultura en la que se desarrolla; cultura en la cual le toca vivir y morir, gozar y sufrir, esperar o padecer.
Es en el seno de esa realidad más amplia, que influye a todos y todas, desde donde se deberá buscar el sentido de la existencia en tiempos de dificultad.
2. Una sociedad que niega la muerte y el sufrimiento niega la vida misma
Es sabido que el ser humano en tanto que ser vivo tiene en su propia condición el vivir para llegar, luego, a morir. Es decir que por ser humano, se es mortal y la vida resulta limitada y frágil. Se nace con esa marca de limitación impresa en los genes.
No obstante, la persona humana ya desde la conformación de su sistema psíquico siente que esto no es así y que la muerte es una cosa de los otros que no le tocará a ella. Esta es una idea que se arraiga en el inconsciente y que estimula la creencia de que las personas son seres inmortales. Quienes sufren y mueren son siempre otros.
En este mismo sentido -y a pesar de que a cada instante muchos están muriendo en el mundo- tal realidad no es aceptada y se la niega de maneras diversas. Es por esto que Louis-Vincent Thomas percibe con claridad que:

"... la muerte es cotidiana. Y sin embargo siempre parece lejana... son los otros los que mueren, aún cuando sea a mí a quien amenaza la muerte en cada momento."

Ante estas constataciones sencillas que remiten a la realidad de la muerte que no es aceptada por la mayoría de las personas -aunque así lo indicaría el sentido común- hay que preguntarse ¿a qué obedece tal fenómeno? ¿será fruto de la casualidad, de cuestiones meramente psicológicas? o ¿habrá otras cuestiones que condicionan esta realidad de negación de la muerte?

Juan B. Libânio y María Clara Bingemer afirman con claridad que la vivencia de la muerte es un hecho individual pero que es importante notar que:

"se muere dentro del horizonte cultural y de clase en que se ha vivido. La muerte es un hecho social ... No se muere de la misma manera en un barrio obrero que en un barrio residencial ...Se trata de un mismo acto de la naturaleza. Se trata de un mismo acto de la persona. Pero no es el mismo hecho social. Porque esa naturaleza y esa persona se sitúan en condiciones diferentes desde el punto de vista cultural, religioso y social."

De allí que se imponga la desafiante tarea de explorar ese contexto más amplio que rodea e influye de manera determinante a las personas.
Para ello es importante marcar, en principio, que el lugar y la apreciación sobre la muerte y sobre el morir han cambiado radicalmente en esta segunda mitad del siglo, ya que la sociedad en su conjunto ha cambiado de forma sustancial.
No es lo mismo morir hoy que hace 50 años ya que el mundo tiene actualmente un ritmo y una cosmovisión que han dejado de lado, por ejemplo, la posibilidad de vivir las últimas etapas de la vida en el ambiente cálido y fraterno de una familia más unida y numerosa. Al respecto Elisabeth Kübler-Ross señala:

"El morir se convierte en algo solitario e impersonal porque a menudo el paciente es arrebatado de su ambiente familiar y llevado a toda prisa a un sala de urgencias".

Actualmente se vive en un mundo que está sumamente tecnologizado, que corre una carrera desenfrenada en búsqueda de un mayor "bienestar" y en el que, paradójicamente, el ser humano ha pasado a estar en un segundo lugar desplazado por el dinero, la productividad, la rentabilidad. Todo esto es considerado como la razón de ser de la sociedad, condicionante de las relaciones y como lo que da sentido a la existencia.
En este nuevo contexto se ha quitado del centro de la escena a la vida de las personas quienes hoy ya no cuentan o son secundarias.
Paradójicamente este mundo que busca la superación y plenitud de la persona es el mismo que la priva de poder asumir una etapa significativa de la existencia y de tener un lugar preeminente en cuanto a los temas y situaciones a las que se debe responder como sociedad.
Pareciera ser que en esta cultura la muerte es tabú y por ello se le teme y se huye de ella negándola; esto para evitar que se atente contra el modelo de vida feliz, próspera, plena y exitosa.
Esta negación, en cierta manera, es impuesta desde varios lugares: desde los medios, desde la cultura, desde el mundo de la avanzada tecnología, hasta desde la ideología posmoderna y neoliberal.
Desde los medios de comunicación, en primer lugar, se invita a sacar la muerte de la cercanía de las personas y se habla de ella en términos despersonalizados y lejanos acentuando la idea inconsciente de la inmortalidad y la negación de la propia finitud.
Para percibir parcialmente esto es interesante analizar la manera en que se niega la muerte y el sufrir en las secciones necrológicas de los diarios mediante un lenguaje lleno de eufemismos (se dice: "ha desaparecido", "ha dejado este mundo", "se apagó", "ha vuelto al descanso eterno", "descansa en la paz del Señor", "se nos adelantó") o la influencia de la televisión en el hacer de la muerte una experiencia que les pasa a los otros (a los vietnamitas, a los que viajaban en algún avión que se cayó, a los del otro lado del mundo que sufren hambre, o a cualquier otra gente que está padeciendo lejos).
Los medios de comunicación ayudan a banalizar y reprimir la muerte; lo hacen exponiéndola en exceso con un cúmulo de imágenes de las que el ser humano prefiere huir antes de hartarse de ellas. Sin embargo Louis-Vincent Thomas ahonda esta cuestión y plantea que esas imágenes le atraen a la persona en el sentido que ellas le acentúan su negación de la muerte y le confirman la convicción de inmortalidad. Por ello dice:

"Todos estos signos responden, conscientemente o no, a un mismo principio: relegar la muerte real. El hombre moderno sólo la tolera en forma de imágenes en los medios de comunicación, imágenes que incluso lo atraen."

Otro tanto sucede desde lo cultural donde por ejemplo, al decir de algunos médicos, "la educación exitista y triunfalista tienden a considerar la muerte como un fracaso de la medicina" con lo que se niega que la muerte es una realidad más allá de que la medicina u otra ciencia humana pueda intentar evitarla.

En otro sentido, y a pesar de que cada día hay más avances en la ciencia y la tecnología, "más parecemos temer y negar la realidad de la muerte". En el mundo tecnologizado de la medicina la persona ya no es considerada como tal y debe someterse a una atención cada vez más mecanizada y despersonalizada. Al respecto se pueden oír las duras apreciaciones de Kübler-Ross:

"La razón de este comportamiento cada vez más mecánico y despersonalizado ¿no será un sentimiento de autodefensa? ¿...una manera de suprimir la angustia? ... ¿no es un intento desesperado de negar la muerte inminente que es tan terrible y molesta para nosotros, que hemos trasladado todo nuestro conocimiento a las máquinas, porque nos son menos próximas que la cara de sufrimiento de otro ser humano que nos recordaría una vez más nuestra falta de omnipotencia..., nuestra propia mortalidad?"

Esto obviamente problematiza tanto la concepción de la muerte como también el modo en que la persona vivencie su proceso de enfermedad terminal.
Parece ser -por lo que se ve- que todo apunta a una visión del mundo en la que la muerte no tiene un lugar, aunque si lo tenga como hecho real y cotidiano. La muerte es negada y borrada del imaginario de las personas para poder vivir como si no existiera, pero paradójicamente este mundo que niega la muerte la produce como hecho irrefutable.
Desde la cosmovisión posmoderna que hoy impera también se niega la muerte como "realidad social, exaltando la salud, la juventud y la felicidad eterna como desideratum social." De hecho se puede constatar que los ancianos o los enfermos son dejados de lado por la sociedad, por no estar en condiciones vitales o materiales de acceder al disfrute de ese modelo.
Vincent Thomas lo confirma con la siguiente expresión:

"La vejez es (ya) la muerte. Muerte social y socioeconómica para los que han perdido su prestigio y su capacidad productiva, y también para los más carentes..."

Estos aspectos contextuales descriptos sucintamente son sólo algunos de los que provocan la negación de la muerte en el mundo contemporáneo, pero aún hay otro elemento que es quizás el que más impacto ha tenido en los últimos tiempos en la cultura, idiosincrasia y cosmovisión y que ha afectado notablemente la tendencia de negar la muerte y al ser humano.
Este impacto se define por una serie de sistemas y valores que están siendo impuestos desde lo que se podría llamar la visión mercantilista y neoliberal del mundo. Este es un fenómeno que está muy emparentado obviamente con los anteriores; y es preocupante ya que impone una ideología que concibe a los seres humanos como meros consumidores (de salud, de educación, de bienes, etcétera) lo que implica que, para quien fija las pautas de relacionamiento -o sea el mercado- aquellos que sufren o están ante un pérdida no son importantes.
Consecuentemente es así ya que "el mercado sólo valora las ganancias o el lucro. La perdida constituye un fracaso." De esta máxima del neoliberalismo no escapan las personas ni las situaciones que les toquen enfrentar.
Todo esto afecta y niega los conceptos y las vivencias de la pena, del sufrimiento, de la muerte, y de la misma vida ya que "no sabemos hacer frente a una pérdida porque <en buena parte, nuestro sistema de valores se basa en tener... y en conseguir>."
En dicha realidad se percibe entonces las implicancias de lo que significa la llamada crisis de los valores del ser humano. Malena Lasala dice al respecto que:

"en una sociedad basada en la acumulación de poder y de bienes materiales y marcada por la crisis de los sistemas de valores, los límites biológicos de la existencia humana interrumpen el proyecto omnipotente" (de la sociedad humana).

Esto es realmente insoportable para la sociedad actual, por lo tanto, la muerte debe ser negada. Se evidencia entonces -consecuentemente- la persistencia de una cultura del más fuerte que menosprecia estructuralmente a los débiles de todos los tiempos.
Como se puede apreciar, todo lo dicho hasta ahora, desenmascara realidades macabras y de allí que la muerte sea negada desde tantos ámbitos con el propósito de evitar que se fracture el modelo de una vida feliz y alegre y para que, de las constataciones hechas, no surjan denuncias que busquen la devolución a la gente del sentido de la existencia.
Es cierto y observable: hay una interesada negación de la muerte;

¿será que "el silencio burgués sobre la muerte no pretende tan sólo apartar toda amenaza a la felicidad y al goce de vivir, sino también superar toda culpabilidad en relación con la muerte injusta y precoz de tantos pobres, como si ésta no tuviera nada que ver con su condición burguesa de clase... la ideología burguesa del silencio sobre la muerte oculta las decisiones políticas de su clase que acaban siendo destructivas para la vida de los pobres."

3. Hay una finalidad en todo
El ocultamiento o la negación de la muerte -se puede afirmar- tiene como finalidad global el ocultamiento de las causas que hoy producen muerte. Causas que están inevitablemente ligadas a la búsqueda del lucro y a poner el valor del dinero y las cosas por sobre la vida humana.
En un mundo en el que se niega de tantas y diversas maneras la muerte es, precisamente ella, la que revela que se convive en un medio marcadamente cínico y siniestro. Cínico porque oculta y niega lo que produce, siniestro porque impone la muerte al pobre, al niño, al diferente, al indefenso.
Hoy, en esta sociedad que se niega a mirar y asumir la muerte, multitudes pierden la vida precozmente (por falta de alimentos, por ser librados a su suerte, por faltas de condiciones para la vida, por intereses grotescos y gigantes).
Malena Lasala dice al respecto que:

"Vivimos en un mundo que pretende dominar la muerte y a la vez la provoca sin descanso y sin control. La negación potenciada de la muerte ocurre en el marco de una sociedad y una cultura que han llevado al límite su desprecio por la vida"

Ciertamente "esta muerte masiva de los pobres es un acta de acusación contra nuestra sociedad y contra un verdadero culto a los ídolos." Y esto no es poca cosa, por cierto.
Como se ha dicho y mostrado, la muerte quiere ser borrada de las consciencias y esto plantea serios problemas que se harán presentes en la vivencia de la muerte que tengan las personas enfermas terminales. Surgen problemas principalmente a causa de que, como se verá más adelante, el contexto refuerza la idea de inmortalidad y lleva a la persona a negar la propia posibilidad de morir con cierto grado de consciencia sobre su propio destino.
Se puede resumir lo tratado hasta ahora con las palabras de Vincent Thomas que constatan la paradoja de nuestra sociedad. Él dice:

"nuestra sociedad, siendo mortal, rechaza la muerte. Y así como la muerte ocultada o escamoteada es la muerte en otro lugar, fuera del lenguaje, fuera de la naturaleza, fuera del hogar, el difunto (el moribundo) a su vez, obedece al mismo principio de desplazamiento-evacuación: es obsceno y proscripto, está de más."

Ante una realidad tan difícil y paradójica urge responder con compromiso solidario hacia las personas que sufren esta realidad de expansión y simultánea negación de la muerte.
Como dice tan claramente Christiane Jomain:

"Si la muerte no se puede suprimir, ni tampoco los moribundos; la solución es asistir a los moribundos ya que cada uno tiene derecho a pensar su muerte."

Es imperioso, entonces, responder tajantemente a este contexto que deshumaniza la vida y el morir, mediante la negación de la muerte y de las causas que producen hoy la muerte injusta y precoz de las personas más indefensas.
Es necesario, por último, levantar la voz contra toda muerte negada y contra toda situación que limite el sentido de vida de las personas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 2
VIVENCIA DE LA MUERTE Y DEL MORIR

1. ¿Dónde se muere? Nuevo lugar, nueva problemática
Como se dijo en el capítulo anterior, la persona hoy ante la enfermedad es expuesta a una atención preponderantemente mecanizada y despersonalizada y esta situación problematiza la concepción de la muerte y también el modo en que es vivenciado el proceso de enfermedad terminal. Se decía también que el sistema de salud se ha deshumanizado. Peinado afirma al respecto que "la técnica sin humanidad deshumaniza". Esto ha creado, como es de suponer, un fuerte conflicto en la noción de salud y de enfermedad.
Tiene gran influencia, además, la realidad global de injusticia que problematiza aún más esta situación para la vida de las personas más pobres. El impacto de la inminencia de la muerte, o simplemente el de la enfermedad, agregan un peso extra a la vida de quienes tienen como único capital de subsistencia su propio cuerpo y energías. Además:

"Los pobres viven generalmente en áreas caracterizadas por la superpoblación, los servicios sanitarios deficientes, las tasas elevadas de mortalidad infantil y maternal, las viviendas inadecuadas, el subempleo o el desempleo, la malnutrición ... Escasean el dinero, los alimentos, los vestidos, las viviendas adecuadas y las esperanzas. La pobreza urbana es más visible que la pobreza rural, pero los problemas, sobre todo los relacionados con la salud, son muy parecidos en los dos casos...".

A esto se suma el hecho de que el lugar en el que hoy toca experimentar la cercanía de la muerte (evidenciada por una enfermedad de carácter terminal) es la institución de atención de la salud (pública o privada). Considerando el hecho de que en esos centros de atención impera la misma lógica que en el resto de las instituciones de la sociedad se puede suponer que tampoco allí la persona contará.

"Gracias al proceso de secularización, el capitalismo liberal y a la dependencia económico-cultural, la tarea de la regulación de la salud ha sido relegada institucionalmente a la tecno-burocracia científica nacional e internacional. Esta opera mediante una ideología extraída de una corriente de la antropología, incapaz de tener en cuenta la intimidad de la biografía del paciente en el plano familiar y social."

Son esos centros de atención los que han desplazado a la familia como la institución que atendía al enfermo y al hogar como el espacio natural donde vivir la última etapa de la vida.
Pero esto no responde a un mero capricho social, o de otra índole, ya que el dejar al ser querido en las manos de los médicos y enfermeras y bajo el resguardo de la ciencia es una decisión que se toma en el seno familiar.
Es la familia moderna la que por diversas causas deposita a sus enfermos en las instituciones de atención de la salud. El fundamento de esta actitud, que en cierta forma se caracteriza por el abandono, está paradójicamente marcada por:
- el desear para el enfermo los mejores cuidados tendientes a aliviar los sufrimientos,
- la búsqueda de agotar todos los recursos para restaurar la salud,
- la imposibilidad de tenerlo en el seno del hogar por cuestiones de tiempo y espacio (hoy las casas son más pequeñas y la gente está más ocupada) y también dada la dificultad de asumir el impacto psicológico que implica tener cerca a alguien que está por morir.
Todo esto no quita, sin embargo, el reconocimiento del rol importante que ocupa el grupo de personas que están más cercanos afectivamente a la persona enferma terminal. Este ámbito referencial es definitorio (para bien o mal) de cómo se vivenciará todo el proceso relacionado con la evolución de la enfermedad terminal. Kübler-Ross dice en este sentido que,

"Durante estos días o semanas cruciales, mucho depende de la estructura y unidad de cada familia concreta, de su capacidad para comunicarse, y de si disponen de verdaderos amigos."

Además del rescate de la importancia y valor que tiene el grupo de familia o de amigos dispuestos a acompañar a la persona sufriente, es importante destacar asimismo la existencia de algunos grupos que dedican todos sus esfuerzos a hacer de la experiencia del morir un momento importante, o en todo caso no terrible, para la vida de las personas.
Estos grupos están formados en general por personas procedentes de diferentes profesiones (religiosos/as, médicos, enfermeros/as. psicólogos/as; auxiliares, etcétera) o por gente sin una preparación académica previa, cuya única intención es auxiliar y acompañar en un momento difícil de la existencia.
Las personas que desarrollan esta importante tarea trabajan en algunos centros de salud "tradicionales" -que dan espacios para esta perspectiva de acción y acompañamiento- o directamente en lugares organizados bajo una interpretación de la muerte y del morir que incorpora a la persona como factor primigenio a la hora de plantear la acción terapéutica.
La estructura y funcionamiento de estas instituciones, evidentemente conllevan una visión no segmentada sino integral de la persona. Este es el caso por ejemplo de la labor desempeñada por las clínicas del dolor y otros centros especializados que intentan aportar sentido a las experiencias del sufrimiento y la enfermedad terminal.
Para llenar de profundidad la vida y para que la muerte aporte a la vida y ésta a un buen morir, es imprescindible que la visión global del mundo (la de la medicina incluida) y de la existencia toda tenga algún tipo de intuición respecto a lo que hay más acá o más allá de la muerte y que trascienda la visión limitada y segmentada de la sociedad contemporánea.
Debe haber alguna noción o creencia de que la muerte no termina con la totalidad de la vida de las personas, o bien que la vida no termina con el acontecimiento de la muerte.

"Con el fin de que nuestras vidas posean un significado tenemos que sentir que existe un futuro ... todos precisamos, en especial después de una tragedia, la promesa de que la vida aún nos proporcionará una renovación, o, si alguien lo prefiere así, una resurrección."

Estas percepciones serán fundamentales para poder hacer de la muerte un momento rico de la existencia de los enfermos terminales, de los moribundos, de sus familias y amigos y de quienes los acompañan en su tarea de encontrar sentido a la existencia ante la inminencia de la muerte.

No obstante estos esfuerzos, valorables pero poco extendidos, es fundamental plantear el hecho de que: si bien la persona moribunda es depositada en manos de profesionales de la salud y de sofisticadas tecnologías aplicadas a la medicina de hoy, esto no siempre implicará que la persona sufriente tenga la posibilidad de hacer de sus últimos días algo significante para su existencia.
La vivencia del proceso de morir en el ámbito de la salud tampoco implica, necesariamente, que la persona sea atendida respetándose su calidad de persona humana, su derecho a decidir sobre su vida y a morir en un ambiente fraterno donde se posibilite el desarrollo de la dignidad. Esto es consecuencia de que la orientación general de dichos lugares, como se ha visto, no siempre trabajan con una visión de la vida y de la muerte que posibilite la búsqueda de sentido en esa etapa de la existencia.
Por todo ello es necesario plantear ciertas reservas respecto a la calidad y estructura del medio en el cual la persona vivirá las últimas etapas de su existencia.
Además, de estas cuestiones, hoy se experimenta una nueva dificultad a causa de que el proceso de fallecimiento dura en la actualidad mucho más que en décadas pasadas. Esto, a la vez que, prolonga la crisis y las angustias resulta costoso para quienes disponen de recursos limitados y más aún para quienes no los tienen.
Es además en el ámbito de las entidades que bregan por la salud, que el paciente terminal es víctima muchas veces de un "encarnizamiento terapéutico" o del "robo" de la posibilidad de morir. Esto se da porque también en esos medios la muerte es negada y se busca el prolongar la vida aunque ello implique no dejar morir dignamente. Junto a la negación de la muerte está como fundamento de estas actitudes el hecho de que la enfermedad cuanto más prolongada sea más redituable -económicamente- resultará para las instituciones y personas que obtienen así cuantiosos ingresos.
La sumatoria de estas situaciones produce muchas veces problemas éticos tanto al personal de salud como así también a las personas enfermas y sus familias. Los problemas éticos están relacionados prioritariamente a las cuestiones referentes a la prolongación o no de la vida, a la pertinencia de acortarla, o a la conveniencia o no de la utilización de determinados tratamientos.
Quien más sufre en estas situaciones y ante estas problemáticas es, evidentemente, la persona enferma terminal porque el trato que recibe y los cuidados que se le aplican no siempre cumplen un rol terapéutico, es decir de búsqueda de la salud. Por ello es que se puede preguntar:

"¿...la medicina va a seguir siendo una profesión humanitaria y respetada o una ciencia nueva, despersonalizada, que servirá para prolongar la vida más que para disminuir el sufrimiento humano?"

Hay que decir que tanto en el ámbito de la salud pública (mediante los hospitales) como en el de la medicina privada (sanatorios o clínicas prepagas) es generalmente mal acompañado el proceso de morir. Además, la existencia de una diferenciación entre lo publico y lo privado, o entre lo gratuito y lo pagado, resalta la diferencia de posibilidades que tendrán las personas de acuerdo a los recursos de que disponen.
Esta situación -junto a la negación global de la muerte y la generalización de injusticias en la sociedad- se agrava debido a la consecuente falta de capacitación de quienes tienen en sus manos al ser humano que debe enfrentarse con la muerte. Dicha situación desemboca en una mala utilización de los recursos de los que se disponen.
"Si la ciencia y la tecnología no fueran mal utilizadas para aumentar la destrucción, para prolongar la vida en vez de hacerla más humana, si pudieran hacerse compatibles con la utilización del tiempo necesario para los contactos interpersonales...entonces podríamos crear verdaderamente una gran sociedad."

Si bien es compartible este sueño, hay que ser conscientes que hoy la situación no es ésta y que, además, las posibilidades en América Latina referidas a la calidad de atención están de parte de quienes pueden pagar más por los servicios privados de salud. Vincent Thomas dice al respecto:

"El nivel de vida, trátese de países, regiones o estratos sociales, desempeña un papel innegable: los más avanzados técnicamente y los más ricos salen mejor librados como los demuestran las cifras."

Lo que sucede es que en la sociedad latinoamericana la salud no es más un derecho, hoy es una simple mercancía. Esto es lo que afirma Yutzis:

"la salud es en nuestra sociedad una mercancía. Un bien vendible. Y para todo bien vendible hace falta un mercado: de esta forma, la salud no es la condición natural del cuerpo, sino algo que se compra y se vende como servicio o como producto."

El lugar donde se vive la última etapa de la vida está definido por una fuerte mercantilización del mundo de la salud lo cual afecta, evidentemente, la experiencia del vivir y la del morir. Las consecuencias son terribles y es mucho más dramático en relación a la vida y la muerte de las personas más pobres.

Todos los aspectos de la situación, antes descritos, en relación al ámbito en el que se viven los últimos días y las problemáticas que en él se plantean golpean en la existencia de los enfermos y las enfermas terminales:
• Golpea porque sienten el abandono en un lugar que no les es propio.
• Golpea porque son objeto de muchos procesos que terminan sin ser terapéuticos.
• Golpea porque el proceso de morir se hace mortalmente largo.
• Golpea porque no encuentran muchos hombros u oídos sobre los que descargar sus angustias, iras, tristezas y esperanzas.
• Golpea porque no se les acompaña a buscar también en esa etapa una razón para vivir humanamente.
Por ello es que Carol Lee afirma que:

"Cuando de nuestra sociedad se hacen desaparecer, como sucede, la muerte y la pena, se priva a cualquiera de la oportunidad de llorarlas o de vivirlas de la manera precisa."

Esto hace creer que a veces morir pareciera ser mejor que pasar por estas situaciones; pero en otras, es esa vivencia -precisamente- la que tiene un poder recreador del sentido de la vida toda.
De allí el desafío que implica el acompañar y consolar a quienes tienen la muerte tan cercana y que deben vivir esa experiencia en el ámbito de una institución de salud que también está marcada por el ocultamiento y negación social de la muerte y por relaciones de injusticias. Peinado indica claramente las consecuencias de esta influencia en el ser humano:

"...el ocultamiento de la muerte es pérdida del futuro e ignorancia del ser hombre. Es pérdida del sentido y empobrecimiento del espíritu humano. Es alineación."

Por todo lo expuesto es imperioso tomar consciencia de que la muerte plantea un importante desafío a la existencia. Desafío que deberá ser enfrentado creativamente para poder superar el imperio de la muerte en la sociedad, en el ámbito de la salud y en las propias vidas de las personas.

2. La muerte como desafío para la existencia: la manera de vivir la experiencia de la muerte
Harold S. Kushner, quien ha intentado responder a la pregunta sobre por qué las cosas malas le pasan a la gente buena, se ha percatado por su propia experiencia que

"...las cosas malas que nos suceden en la vida no tienen ningún designio cuando nos ocurren. No acontecen por algún motivo que nos harían aceptarla de buena gana. Pero podemos darles un significado, podemos redimirlas del absurdo imponiéndoles un significado."

Hay que plantear la cuestión de la posibilidad de utilizar la experiencia de la muerte como un momento propicio para encontrar sentido a la existencia. Carol Lee, en la misma línea que Kushner, plantea que

"la pérdida y la pena son <<hallazgos>> potenciales al tiempo que quebrantos reales" (y cuando se le permite a alguien) "la experiencia de hallarse perdido le otorga la capacidad de averiguar el modo de salir de esa situación."

Pero ciertamente no se está planteando la belleza de este momento de la vida que está cargado de temores y angustias, más bien lo que se plantea es la necesidad de hacer de esta experiencia una oportunidad creativa para la vida ya que,

"El crecimiento de una persona está ligado a su capacidad de gestionar de modo constructivo las pérdidas de la vida."

Por todo esto es que se parte de la afirmación de que la muerte es un proceso existencial y que dicho proceso puede dotar de sentido a la vida y, por ende, a la misma muerte.
La vida es un don, a la vez que un imperativo para el ser humano, como lo plantea Gattinoni en su libro "El sentido de la vida". Esto presupone el

"privilegio y la obligación que incumbe al hombre en su esmero por llenar de contenido el tiempo de que dispone"

Estas palabras cobran un significado especial puesto que se está refiriendo, en este escrito, a la experiencia de vida de personas a las que el tiempo de que disponen les resulta marcadamente corto.
Es precisamente en esa perspectiva acortada por el tiempo de que dispone la persona, independientemente de si está pronta a morir o no, que se debe entender que:

"es esencial a nuestra existencia tener un para qué vivir. Dicho de otro modo: es imprescindible que la vida tenga un sentido. Cuando no, comienza su degradación y se afirma en nosotros el imperio de la muerte".

Se debe reiterar que la muerte y el sufrimiento no son algo aparte de la vida, de hecho son acontecimientos cotidianos que a unos puede enaltecer y a otros destruir. Pero si dichos procesos fuesen vivenciados en profundidad, en lugar de negados y reprimidos, indudablemente las posibilidades de humanización serían más profundas.
Por ello es que Carol Lee plantea la posibilidad de extraer un sentido creativo de la muerte, sentido que posibilita

"volver su vida más completa, más rica. Esa oportunidad se pierde para quienes dan la espalda al pesar o al quebranto y no desean sentirlo. Al rechazar esta oportunidad creativa, se niegan también otras".

Por esto, ante todo dolor o pérdida, las posibilidades que se plantean son o la negación o la aceptación.
Si se opta por lo primero, como habitualmente se hace en la sociedad, se va topar con el problema de tener que vivir la situación como si no existiera y la conclusión será una muerte sin sentido existencial.
Si se acepta, en cambio, el desafío que conlleva morir humanamente se luchará para que este sea un momento importante para la vida. En cierta manera es, lo que en términos psicológicos se denomina, el triunfo del principio de la realidad sobre el del placer.
Hablar de la aceptación de la muerte nada tiene que ver con el abandono de la lucha o con la resignación, más bien implica poner toda la existencia en una nueva perspectiva y desde allí valorar o remodelar el pasado, el presente e incluso el futuro.

El proceso de morir puede tornarse, con el acompañamiento pertinente, una experiencia importante para aquellas personas que estén dispuestas a afrontarlo. Porque ante la inminencia de la muerte muchas cuestiones son valoradas de una manera novedosamente profunda. Como dice Peinado:

"La enfermedad pone al descubierto la superficialidad con que muchas veces vivimos engolfados en las mil y unas ocupaciones de la vida. Puede ser una llamada a dar profundidad a la vida."

Por último es importante dejar claras dos cuestiones:
- Una es que lo que aquí se está planteando es la búsqueda de un sentido en el sufrimiento y no necesariamente el sentido de éste. De hacerlo así se estarían cerrando caminos y tratando de darle sentido a aquello que se presenta, precisamente, como el absurdo sin sentido de la existencia.
- En segundo lugar hay que percatarse que el concepto "sentido" remite a dos cuestiones diferentes e interrelacionadas: a la búsqueda de un significado, o a la dirección última de la vida. En los planteamientos realizados se utiliza esta palabra en la interesante combinación de ambas nociones.
Se puede resumir lo expresado hasta el momento diciendo que

"el momento del fin determina el valor y el significado de una vida entera; y esto es de una importancia capital."

No debe dejarse de prestar atención al hecho de que para encontrar en la muerte una posibilidad de crecimiento existencial será necesario, primero, superar varias fases que acontecen en ese proceso y que toda persona debería conocer para que la acción de acompañamiento y consolación sea más adecuada y pertinente.
Todo esto está planteado con la humildad que da la certeza de saber que en definitiva:

"Todo el mundo sabe que la muerte es inevitable. Pero el hecho de saberlo no basta para garantizar que estaremos preparados para la experiencia cuando llegue el momento."

3. Fases del morir: desarrollo y proceso vital que evidencia cómo se muere
Como se decía recién, aunque la persona nunca estará en preparación total para la experiencia del morir, es necesario -para quienes deseen acompañarla- conocer las fases por las que normalmente pasará en su vivencia del proceso de fallecimiento.
En el libro de Paul Sporken, titulado "Vivencia del proceso de fallecimiento", se plantea, en primer lugar, que la asistencia al morir implica lograr la oportunidad de poder conversar con la persona moribunda acerca de sus sentimientos y, en ese marco y si es oportuno, conversar también sobre el curso que lleva su enfermedad.
Dicha asistencia es efectiva en la medida en que se la encara con estima y afecto y no debe empezar recién con la comunicación de la verdad sobre la evolución terminal de la enfermedad, ya que esta asistencia implica especialmente estar al lado del enfermo o enferma en esta fase final de la vida e incluye, entonces, el ayudarle a descubrir y percibir el transcurso de la enfermedad.
Para lograr este cometido es importante interpretar, como se dijo más arriba, en qué etapa se encuentra la persona enferma y su familia, ya que desde esa realidad es que hay que comenzar la intervención y el acompañamiento.
Varios son los autores que han desarrollado esta temática, pero el aporte más significativo y pionero ha sido realizado por la Dra. Elisabeth Kübler-Ross.
Su aporte es importante no sólo por ser uno de los primeros en el área, sino porque sus planteos han sido elaborados a partir de sus entrevistas con varios cientos de personas que estaban pasando por la experiencia de una muerte inminente. Sus escritos son en cierta manera el testamento de las propias personas sufrientes que estuvieron dispuestas a compartir sus vivencias con Kübler-Ross.
Las fases del proceso del morir que ella plantea son posteriormente reformuladas por otros autores que con sus aportes han logrado que lo planteado por Kübler-Ross se haga más amplio y abarcativo en cuanto a contexto y situaciones diferentes.
La descripción de las fases del proceso que se hará a continuación es el producto de la tarea de comparación, complementación e interconexión de los aportes de Elisabeth Kübler-Ross y Paul Sporken.

3.1 Fase de la ignorancia
En ella la persona enferma aún no sabe sobre el desenlace fatal de la enfermedad y sí lo saben los médicos y quizás los familiares. Esta fase no le ocasiona demasiados problemas a la persona y una pregunta importante para hacerse es ¿en qué medida es oportuna y propicia una comunicación de la verdad teniendo en cuenta los intereses del paciente y de la familia?
3.2 Fase de inseguridad
Aquí se hacen presentes las dudas acerca de la evolución de la enfermedad y se vivencia esta fase con esperanzas y expectativas de curación por un lado, y miedo e intensa tristeza por el otro.

3.3 Fase de negación implícita y aislamiento
La característica más importante de este momento es que cumple la función de "amortiguar" los sentimientos respecto al hecho de la enfermedad que ya comienza a percibirse como amenazante para la persona. Es una fase que "permite recobrarse al (y a la) paciente, y con el tiempo, movilizar otras defensas, menos radicales." .
En este momento la persona enferma no necesariamente conoce su situación, según Kübler-Ross, y por eso se plantea el tema de cuándo es conveniente informarle. Según la autora el diálogo con el o la enferma sobre la inminencia de la muerte sólo se llevará adelante "cuando él (¡no el oyente!) esté dispuesto a afrontarlo."
Generalmente esta negación es parcial y será sustituida luego por una aceptación parcial de los hechos. Aquí el o la paciente ya percibe, aunque inconscientemente, que su situación puede acabar en muerte. Al mismo tiempo implícitamente se niega a aceptar esta realidad y no quiere admitir su percepción interior. Es necesario entonces ayudar mediante una comunicación paulatina de la situación real.
Según los aportes de Sporken es recomendable en este momento que se le comunique a la persona enferma su estado, sino el o ella lo descubrirá por sus propios medios -lo cual no es aconsejable-.
3.3.1 Problemática de la comunicación de la verdad
Entre la fase de la negación implícita y el aislamiento (3.3) y la que sigue (fase 3.4 de la negación explícita) se debe enfrentar la problemática de la comunicación de la verdad a la persona sufriente. Comunicación que es referente a su estado y a las perspectivas de evolución de la enfermedad.
El problema más importante que se presenta en el contexto latinoamericano es que, en la mayoría de los casos, no se comunica la verdad sobre la inminencia de la muerte hasta que ya no queda otro recurso, ya sea por el breve tiempo que le queda a la persona moribunda o porque ella ya se ha enterado por otra vía de la verdad.
En este contexto -la notificación de la verdad sobre la inminencia de la muerte- se da de manera diferente a lo que sucede, por ejemplo, en los Estados Unidos (que es donde elabora sus planteos Kübler-Ross). En aquella sociedad, según lo expresa muy brevemente Sporken, la notificación es generalmente inmediata al conocimiento del diagnóstico, especialmente a causa de los posibles problemas legales que podría tener el o la profesional de la salud si no comunica el diagnóstico preciso (puesto que la muerte se atribuiría a un mal diagnóstico médico y por consiguiente a una mala praxis).
Esto no es lo que comúnmente sucede en el contexto latinoamericano, donde muchas veces las personas moribundas pasan, como se ha expresado, hasta los últimos instantes sin ser notificadas explícitamente sobre su real situación.
Como se puede constatar, la realidad en los países de América Latina es que hay un ocultamiento muy largo de la notificación sobre la posibilidad o inminencia de la muerte por lo que las fases previas a esa comunicación se prolongan innecesariamente, a la vez que, a la persona enferma, se acorta el tiempo requerido para tomar consciencia y llegar a la aceptación de su situación.
No obstante los significativos aportes de los autores analizados en esta investigación, lo que no queda resuelto -por ejemplo- en el aporte de Sporken, y menos en el de Kübler-Ross, es ¿qué hacer respecto a la notificación de la verdad? Esta es una pregunta reiterada y cotidiana en el medio latinoamericano que requiere de una clara respuesta.

3.3.2 ¿Quién y cuándo comunica la verdad?
Responder a la pregunta sobre qué hacer con la comunicación de la verdad implica responder -también- quién será la persona adecuada para realizar esta tarea y cuál será el momento propicio para hacerlo.
La realidad por lo general es que, por un lado se deja en manos del o la profesional de salud la responsabilidad de dar dicha información, pero por el otro se constata que ellos y ellas ofrecen pocos minutos diarios de relación con las personas enfermas por lo que -muchas veces- no perciben la necesidad de dar la información respecto a la inminencia de un desenlace fatal.
Mucho se habla respecto a pensar cuál es el momento oportuno para hacer la comunicación teniendo en cuenta los intereses de la persona enferma y de sus familiares, pero no siempre se valora lo importante que es que cada persona pueda acceder a la verdad antes de descubrirla por sí misma o mucho tiempo después que los demás.
El tiempo que se da al o la paciente para enterarse de su situación es crucial cuando se lo entiende como necesario para la preparación y la búsqueda de sentido. Es así, especialmente, si se valoran y comprenden las dificultades que muchas personas tienen para morir en paz si no han tenido la posibilidad de concluir ciertos procesos de sus vidas. La comunicación de la verdad no retrasada cumple una función importante para la evolución de las fases del proceso del morir.
Sin embargo, la cuestión referente al dar a conocer la verdad -ciertamente- enfrenta a las personas con un dilema de índole ético, que como ha sido dicho, no es resuelto totalmente por los autores que han sido consultado en esta investigación. No se descarta, al tener estas impresiones sobre le particular, el hecho de que en algunas circunstancias sea necesario retardar este anuncio por el efecto depresivo que pudiera tener en momentos en que es necesario mantener a la persona enferma lo más fuerte posible.
Es ilustrativo, respecto a la irresolución de esta cuestión, el planteo que se hace sobre qué responder a la pregunta sobre si se tiene cáncer, sida, u otra enfermedad que termina generalmente en la muerte. El personal médico, según los autores, no debe responder necesariamente a la pregunta porque el o la paciente en realidad lo que estaría preguntando es "¿verdad que no tengo cáncer, sida, etc.?"
Responder a esta pregunta, según Sporken, implicaría correr "el peligro de responder antes de tiempo una pregunta que no ha sido planteada."

He aquí el dilema sobre cuál es el tiempo propicio para informar la verdad, ¿será quizás cuando "ya no quede otra salida"?
El conocimiento de la verdad es un valor, o mejor dicho un derecho, que está por sobre cualquier otro asunto; y más aún al estar hablando aquí de personas que irremediablemente se encontrarán con la muerte en manera inminente.

Sería importante que en un diálogo abierto y franco entre los y las profesionales de la salud y la familia de la persona enferma se convenga cuál es el mejor momento para efectivizar la comunicación de la verdad y quién es la persona más adecuada para cumplir con esta tarea.
El diálogo entre profesionales y familia debe buscar no la postergación de la notificación sino -justamente- una definición clara referida a la persona y el momento adecuado. No se puede caer en la trampa de evitar la dificultad que conlleva el momento de la comunicación, mediante la postergación indefinida de la comunicación. Esto acarrearía una dificultad aún mayor respecto al logro de una cierta aceptación de la situación.
Cierto es también, que para llegar al momento de la comunicación de la verdad es fundamental la existencia de aceptación de parte de la familia sobre la realidad que le tocará enfrentar. SI la familia no supera la negación inicial de la situación, y no toma consciencia de la importancia de aprovechar el tiempos para acercar a la persona enferma a la aceptación, la comunicación será irremediablemente postergada.
En la comunicación de la verdad es importante hacer una consideración respecto del tiempo que la familia, como así también la persona moribunda, requieren para poder enfrentarse maduramente con la realidad de la inminencia de la muerte. El rol de la persona acompañante será, entonces, importante tanto en la preparación de la familia para aceptar la importancia de comunicar la verdad como para acompañar a el o la paciente que recibirá la noticia.

3.3.3 Implicaciones de la comunicación y rol de la persona que acompaña
Los momentos que siguen a la comunicación serán vividos por la persona enferma con mucha excitación y angustia que a veces llevará a reacciones de cierta brusquedad, por lo que la persona acompañante deberá entender la situación y mostrar comprensión y paciencia a fin de no resentir las posibilidades del diálogo futuro.
Muchas veces aparecen en este momento preguntas fundamentales sobre el sentido de la existencia, la muerte, la vida después de ella, o sobre la justicia, que no podrán ser evadidas por quien acompañe en esta situación.
Se puede afirmar que los efectos serán igualmente fuertes en cualquier momento en que se afronte la tarea de informar a una persona enferma terminal sobre su condición y que en muchos casos derivará primariamente en una negación explícita de la realidad.
El rol de la persona que acompaña pastoralmente en estas circunstancias será significativo en la medida que exista disposición de estar junto al o la sufriente para recibir de la persona todas sus angustias y temores. La presencia solidaria de la persona acompañante en estos momentos puede abrir muchas puertas de diálogo que en las fases siguientes podrán ser aprovechadas para ayudar a la persona a llegar a una aceptación de la realidad.
La persona acompañante puede colaborar (si esa fuera la necesidad planteada por un caso) en la tarea de comunicar la verdad, pero su rol principal será mostrar cariño, comprensión, solidaridad, -justamente- cuando todo pareciera derrumbarse en la existencia de la persona sufriente.

3.4 Fase de la negación explícita
Esta fase acontece generalmente como reacción a la verdad comunicada o descubierta. La persona enferma, al no estar en condiciones de afrontar el peso de la realidad intenta negar la situación para así poder seguir viviendo en cierto equilibrio.
Quien acompañe en este momento debe entender las connotaciones de la situación y ayudar a la persona sufriente permitiéndole vivenciar esta fase, pero sin favorecer que se estanque en esta actitud de "fuga de la realidad".

3.5 Fase de la ira y la rebelión
Esta fase llega cuando la negación ya no es posible dada la evolución de la enfermedad. Es una etapa muy difícil de sobrellevar para la familia y el personal sanitario ya que la negación de la fase anterior "es sustituida por sentimientos de ira, rabia, envidia y resentimiento."
En estos momentos el o la paciente encontrará motivos de queja y enojo en todo lo que lo rodea, su ira "se desplaza en todas las direcciones y se proyecta" en igual sentido.
De hecho esta fase permea de alguna manera otros momentos del proceso del fallecimiento. Quien acompaña deberá intentar más que nada escuchar a la persona enferma y ayudarla a percibir la situación en vistas a la superación de la fase, ya que, de hecho, esta rebelión se dirige como dice Sporken "contra lo inevitable e inaceptable de la situación en sí misma."
Según Kübler-Ross es importante que el paciente sea respetado y comprendido a pesar de su ira, ya que esto ayudará a superar más rápidamente esta etapa;

"Un paciente que se respete y se comprenda, al que se preste atención y se dedique un poco de tiempo, pronto bajará la voz y reducirá sus airadas peticiones. Se sentirá un ser humano valioso, del que se preocupan y al que le permiten funcionar al nivel más alto posible, mientras pueda."

3.6 Fase del pacto y tratos con el destino
Aquí el o la paciente hace un intento de prolongar aquello que parece inevitable. Según Kübler-Ross en esta fase la persona enferma intenta postergar su destino. Su mayor deseo en este tiempo es la prolongación de la vida o al menos que pueda pasar un período sin dolor.
La persona enferma asegura que si se le da lo solicitado cumplirá con su pacto y no volverá a solicitar nada; el plazo de vencimiento es, además, impuesto por ella misma. Estos pactos generalmente se dan en la intimidad con Dios.
En esta fase se pasa de momentos de rebelión a momentos de depresión, puesto que la persona sufriente aún no ha podido aceptar su situación y en muchas oportunidades intenta "pactar" con lo que lo rodea y especialmente con Dios, en la búsqueda de un cambio en su destino. Un adecuado acompañamiento desde lo religioso es propicio en este momento ya que muchas veces se vivencia culpabilidad frente a la divinidad.

3.7 Fase de la depresión
Esta es una etapa muy difícil puesto que viene antecedida por un largo período de sufrimientos y constataciones de las implicancias de la enfermedad para su vida.
Kübler-Ross lo describe de la siguiente manera:

"Cuando el paciente desahuciado no puede seguir negando su enfermedad, cuando se ve obligado a pasar por más operaciones y hospitalizaciones, cuando empieza a tener más síntomas o se debilita y adelgaza, no puede seguir haciendo al mal tiempo buena cara. Su insensibilidad o estoicismo, su ira y su rabia serán pronto sustituidos por una gran sensación de pérdida...que puede tener muchas facetas...Al tratamiento y hospitalización prolongados se añaden las cargas financieras...pérdida de bienes...del empleo...Todo esto deviene en depresión."

La persona enferma terminal ya no ve alternativas para su vida y cae en estados depresivos que la aíslan de su entorno familiar dificultando, así mismo, la comunicación con sus asistentes.
La familia muchas veces vive este mismo estado depresivo por lo que es importante ayudarla a comprender esta fase y convencerla de la importancia de continuar la vida lo más normalmente posible.
Es importante identificar si las causas más profundas de la depresión están en relación con situaciones no resueltas del pasado, con lo que se está viviendo en la actualidad, o con preocupaciones sobre el futuro, puesto que es en ese contexto en el que hay que intentar ayudar a quien sufre.
Kübler-Ross llama la atención respecto a la existencia de dos posibles tipos de depresión: la "reactiva" y la "preparatoria".
La primera es una depresión producida por la pérdida de cosas y actividades de las que ha podido disfrutar hasta el momento de entrar en el proceso de enfermedad.
El segundo tipo de depresión no es la resultante de perder algo pasado, sino más bien, es causada por la consciencia de estar ante "pérdidas inminentes".
Ante las depresiones reactivas es posible optar por dar ánimo al o la paciente; ante la depresión de carácter preparatorio el enfoque debe ser diferente ya que "es un instrumento para prepararse a la pérdida inminente de todos los objetos de amor." Siendo así, lo que habrá que hacer es acompañar a la persona para ayudarle a llegar al tiempo de la aceptación. Como dice Elisabeth Kübler-Ross:

"este tipo de depresión es necesaria y beneficiosa si el paciente ha de morir en una fase de aceptación y paz."

Como se ve, ésta es una fase en la que la persona ya "empieza a ocuparse más de lo que le espera que de lo que deja atrás."

3.8 Fase de la aceptación
No todas las personas llegan a esta etapa que implica aceptar el destino de la vida y de la muerte. Esta fase, donde la aceptación es la característica principal, no implica un tiempo de felicidad pero tampoco es tiempo de abandono, de desesperanza o de resignación.
Para la persona creyente esta fase puede estar marcada por una esperanza más profunda en la cercanía y acompañamiento de su Dios. Además, para muchas personas en estos momentos se produce una especie de mirada retrospectiva de la vida en búsqueda de un balance, por lo que se puede vivenciar esta etapa como de gran crecimiento tanto para la persona enferma como para su familia.

El llegar a esta etapa no es una cuestión automática ni sencilla, implica la superación creativa y acompañada de todo un proceso que es el de morir.

"Si un paciente ha tenido bastante tiempo ... y se le ha ayudado a pasar las fases antes descriptas, llegará a una fase en que su <destino> no le deprimirá ni le enojará. Habrá podido expresar sus sentimientos... envidia...ira. Habrá llorado la pérdida inminente de tantas personas y de tantos lugares importantes para él y contemplará su próximo fin con relativa tranquilidad."

Durante esta fase la persona cada vez tiene menos comunicación con quienes le rodean, por eso es un tiempo en que el acompañamiento debe estar dado mediante comunicaciones no meramente verbales.
Al ir cortando los vínculos con las personas más cercanas comienza la decatexia que es definida por Kübler-Ross como "una separación gradual... en la que ya no hay comunicación en dos direcciones."
Se debe señalar que a lo largo de todas las fases del proceso de morir la esperanza está generalmente presente, con mayor o menor importancia, pero siempre allí.
Es bueno volver a enfatizar la importancia que tienen el conocer cada una de esta fases para poder desarrollar una mejor tarea de acompañamiento, que debe ser realizada siempre con respeto, comprensión y cariño para lograr por ella la posibilidad de una comunicación verbal o no verbal en la que la persona experimente ciertamente que no está sóla sino acompañada en su experiencia.
Varios autores y autoras, en especial Kübler-Ross, enfatizan la importancia que tiene que la persona enferma y quienes la acompañan logren ambas una clara concepción de lo que es la muerte, porque sólo desde allí se logrará un buen término a la experiencia del proceso de morir.
La tarea del acompañamiento en cada fase deberá estar delineada por la búsqueda de la dignidad del o la paciente en el vivir y en el morir.
En cuanto a la familia de la persona moribunda es necesario marcar la importancia que tiene el que ésta sea acompañada, ya que ella influye en la vivencia del proceso de parte del o la paciente y porque, en gran parte, su dolor por la pérdida inminente de un ser querido recorrerá fases similares a las de la persona moribunda:

"El objetivo debería ser siempre ayudar al paciente y a la familia a afrontar la crisis conjuntamente, para que lleguen a aceptar la realidad última simultáneamente."

Familia y persona enferma deben ser acompañadas en este proceso que incluye, para ambas, similares fases y parecidas reacciones. Este acompañamiento debe tender a la aceptación de la situación y al encuentro de un sentido y una esperanza para la existencia que es confrontada por la inminencia de la muerte.
El tema de la búsqueda de sentido y de la aceptación de la situación son, como se puede apreciar, medulares para el planteamiento del acompañamiento pastoral a la persona sufriente.
A lo largo de las fases descritas el acompañamiento debe orientar las conversaciones hacia un diálogo sobre las experiencias del o la paciente para propiciar la superación de cada una de las fases.
Es por esto mismo importante lograr construir una relación con la persona enferma que permita a quien acompaña entender sus sentimientos. Para ello es esencial que la persona con el rol de acompañar, en primer lugar y ante todo, se conozca a sí misma y comprenda claramente la connotación de cada una de las fases.
Resumiendo, se puede afirmar que lo importante es:

"dar una ayuda estando junto al otro y a su disposición mutuamente, significa ayudar por el amor a que el otro pueda ser él mismo, es decir, a que, en última instancia y en el núcleo más hondo de su personalidad, tenga el coraje de vivir... amar y morir".

Es importante en toda circunstancia apreciar qué significado se le puede encontrar a la experiencia de la muerte. Desde una interpretación que parta de la vida es preciso entender el morir como la ultima fase de la existencia y asumirla, entonces, como un regalo o un don.
Antes de pasar al punto siguiente es necesario plantear el hecho de que las fases del proceso del morir no se dan en un orden preestablecido, sino que van y vienen y no siempre derivan en una buena evolución. Las fases, entonces no son preestipuladas sino dinámicas y no presentan un orden fijo. Lo que sí es cierto es que en la mayoría de los casos dichas fases están presentes.
Por último, es necesario, para quienes asuman el desafío de ser acompañantes de las personas enfermas terminales, considerar y evaluar algunas variables generalmente no analizadas en el planteamiento y descripción del proceso de morir. Kübler-Ross, Sporken y otros no contemplan significativamente, por ejemplo, lo condicionante que es el factor económico en la vivencia de este proceso y de sus fases.
Algunas variables que la persona acompañante debería valorar para una mejor labor con la persona enferma y su entorno serían, por ejemplo: su nivel socioeconómico y de su familia, el nivel cultural y la cosmovisión que poseen, etcétera.
Como se ha intentado marcar hasta ahora, algunas de esas variables tienen una marcada influencia en la manera en que el proceso será llevado adelante.

4. ¿Cuándo se muere? El problema ético referente al acortar o prolongar la vida del moribundo: eutanasia, práctica distanásica o adistanásica y ortotanasia.
Para ir cerrando este capítulo dedicado a la vivencia del proceso existencial de morir es importante percibir que a lo largo de las diferentes fases se presentan situaciones y problemáticas de una gran implicancia ética.
Uno de esos problemas, como ya se ha visto, es el referido a la comunicación de la verdad a la persona enferma terminal. El otro problema, y también de gran magnitud, tiene que ver con la disyuntiva que se presenta referente a la cuestión de prolongar la vida de la persona o dejarla morir dignamente. Cuando esta temática aparece en escena se presenta -también- como problema ético a resolver.
Hoy, en el contexto de una sociedad materialista que se centra en la negación de la muerte y que dispone de tantas posibilidades tecnológicas para prorrogarla, hay que preguntarse si esto aporta a la vida de las personas o más bien a sus calvarios.
Si la prolongación de la vida en el ámbito de las ciencias médicas es una prolongación carente de sentido en cuanto a la vida en términos de humanización, ciertamente se impone una postura ética que plantee la discusión sobre si esto es lo indicado, o más bien hay que dejar -o hasta ayudar y acompañar- a los seres humanos a morir humanamente y con dignidad.
Peinado llama la atención sobre la necesidad de ubicar la muerte humana no sólo en términos médicos, sino especialmente en términos de humanización:

"La primera exigencia ética es la atención al moribundo con todos los medios que posee actualmente la ciencia médica para aliviar el dolor y prolongar la vida dentro de los límites humanos. Es necesario poner la muerte humana en condiciones de humanización, más allá de la disyuntiva entre eutanasia y encarnizamiento médico. Por ello es que urge fijar puntos claros para no caer en acciones contraproducentes."

La problemática que plantea este nuevo contexto tecnológico en el que a las personas les toca vivir su etapa última es amplia y tiene muchos matices, pero quizás la más impactante es la cuestión ética referente a la dignidad que deben tener las personas en su vida y también en su muerte.
Es por ello que Sporken opina sobre esta espinosa situación, indicando que:

"El desarrollo de las posibilidades médicas y de la técnica aplicada a la medicina tiene como consecuencia que se salven muchas vidas en una serie de casos vienen a resultar que no es tanto la vida la que se prolonga cuanto el fallecimiento."

Esta es una cuestión central desde la visión cristiana de la existencia porque se confronta con el hecho de que, por un lado, se percibe la legitimidad de luchar para que la persona pueda seguir viviendo, pero por otra parte surge interpelante la pregunta ética: ¿bajo qué condiciones? ¿a qué costo? ¿para alargar el sufrimiento y deshumanizar la existencia?
Según Sporken:
"Luchar por la conservación de la vida corporal del otro, si a la vez o posteriormente se la hace la vida imposible desde el punto de vista humano, no es un auxilio a la vida sino un pecado contra la vida ajena."

Confirmando lo que se viene diciendo, Jomain afirma la importancia de preocuparse por poner antes que cualquier otra cuestión al ser humano que se debe enfrentar a su propia e inminente muerte. Por ello,

"la salvaguardia del derecho a morir de los pacientes exige que se renuncie a la lucha por mantener la vida a toda costa."

Se debe poner ciertamente a la persona primero:
- primero que cualquier negación de la posibilidad de morir con dignidad,
- primero que los intereses que hacen de la prolongación de la vida y del fallecimiento una empresa atrozmente redituable,
- primero que cualquier otro interés que quite a la persona la posibilidad de decidir sobre su existencia.
La vida del ser humano, su valor y su integridad, como así también el consecuente derecho a morir con dignidad debe ser una cuestión ética fundamental.
Esta preocupación debe priorizar el concepto de vida humana con todas las implicancias que esto acarrea, dado que la intención de quien desea acompañar a la persona sufriente debe estar enmarcada en el ver qué es lo que se puede hacer para ayudar -y no entorpecer- a esa persona a la que la vida entre los demás se le termina rápida e inexorablemente.


Sporken dice con mucho acierto:

"la cuestión ética fundamental, la finalmente importante es la siguiente: ¿Qué puedo, me está permitido y debo hacer yo por este ser humano en su proceso de fallecimiento? Todas las demás cuestiones éticas restantes sólo dicen relación a aspectos parciales de la pregunta acerca del auxilio al morir y por consiguiente han de ser respondidas a la luz de esta cuestión fundamental."

Pero cómo hacer para poner a la persona como centro, cuando de lo que se está hablando es de morir con dignidad; cuando de lo que se está hablando es de prolongar la vida o de prolongar la "apariencia" de vida, cuando de lo que se está hablando es de "encarnizamiento terapéutico" o "eutanasia" (activa o pasiva).
Cómo hacer cuando la disyuntiva que se presenta en casi todos los ámbitos de salud pasa por la aplicación de la distanasia, es decir del uso de todos los medios (ordinarios y extraordinarios) para prolongar la vida de las personas, sin importar los costos ni las condiciones; o bien por las prácticas adistanásicas que implican el negarse a la prolongación de esa vida, no por la acción en el sentido de la aplicación de la eutanasia, pero sí por la omisión de tratamientos que alargarían la vida del paciente.
Peinado plantea un concepto que éticamente aportaría a la superación de estos conflictos que se marcaban y que, es consecuente con los criterios éticos de humanización de la vida y de la muerte.
El habla no de la utilización de la eutanasia, la distanasia o la adistanasia, sino más bien aporta el concepto de ortotanasia. Este concepto se asume aquí como fundamental para el planteamiento de un debate más productivo y de una solución al dilema ético, más acorde con un planteamiento que ponga a la persona en el centro de la cuestión.
El concepto de ortotanasia tiene alcances éticos ya que se refiere a

"la justa relación entre la práctica distanásica y la antidistanásica. Esta justa relación no puede hacerse sin una perspicaz atención a los valores y contravalores que están en juego en la situación."

Este es un concepto importante porque abre las posibilidades de continuar debatiendo esta temática tan compleja y donde siempre parecen chocarse enfoques, situaciones y posturas divergentes.
Evidentemente éste no es un concepto que dé por cerrada la temática, pero sí pone en el centro de la atención la cuestión ética. Por ello es que Peinado insiste, afirmando que:

"Tanto el paciente como quien lo asiste han de ajustarse a criterios de responsabilidad ética."

Como esta temática no es liviana y aporta conceptos fundamentales que pueden ayudar a la posible intervención o aconsejamiento pastoral y es -a la vez- una cuestión tan controversial, es necesario dedicar un mayor espacio para el planteamiento de los criterios éticos que rigen la ortotanasia. Con este fin se seguirá esta cuestión desde los aportes de Peinado.

4.1Criterios éticos de la ortotanasia
Estos son los criterios básicos, al estar ante las disyuntivas más arriba detallada, criterios que deberían considerarse para evaluar la situación desde una perspectiva ética que contemple el factor humano en el proceso de morir.
1. No se puede obligar a prolongar la vida de las personas por el simple hecho que médicamente esto sea posible ya que, "no todo lo que es técnicamente posible es éticamente realizable".
2. La vida a prolongar no debe ser una vida meramente vegetativa, sino vida humana. Este criterio racional se basa en la certeza de que "el deber del médico lo es en relación a la vida humana y no a la vida biológica".
3. Es necesario intentar la prolongación de la vida humana cuando se pueda prever que su existencia será "significativa y feliz". De esto se deduce que no debe prolongarse la vida en estado puramente vegetativo.
4. Hay que evaluar la situación en relación a los sufrimientos que implicará esa prolongación.
5. Los medios utilizados deben ser proporcionados. No se justifica la utilización de medios desproporcionados que prolonguen la agonía del enfermo.
Hay que decir, para no caer en una deshonestidad intelectual, que Peinado en su planteamiento sobre la ortotanasia aún va más lejos en la cuestión, ya que plantea:

"En situaciones de conflicto, en las que mantener la vida comportaría no respetar suficientemente el derecho a una muerte humana ... se debería ampliar el concepto de <ortotanasia> ... incluyendo en él no sólo la omisión de los medios que prolongarían desproporcionadamente la agonía del paciente -como hasta ahora se hace cuando se hable de <ortotanasia>-, sino también la acción occisiva que pone fin a esa agonía, contando siempre con la anuencia al menos implícita, del propio interesado."

Esto sin dudas es un planteamiento que da para continuar reflexionando sobre el tema, pero la intención no es resolver la cuestión sino, precisamente, plantear elementos valorativos para que la persona encargada de la pastoral pueda tomar sus propias posturas.
Los conceptos vertidos ofrecen, entonces, un novedoso y significativo aporte para continuar reflexionando en la búsqueda de lo mejor para los hermanos y hermanas que deben luchar por mantener la esperanza en cada una de las fases del proceso del morir, y ante cada uno de los desafíos de carácter ético que se presentaran en ese camino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


CAPÍTULO 3
JESÚS, LA PERSONA SUFRIENTE Y EL SENTIDO DE LA EXISTENCIA HUMANA

1. Les entrañas de Jesús se mueven al contemplar el sufrimiento
Muchas veces la gente que sufre se pregunta ¿cuál es la voluntad de Dios respecto al sufrimiento y al morir?, ¿qué sentido se puede hallar a la vida en medio del dolor desde la fe en Jesús?, ¿cuál es su voluntad respecto a la agonía humana? También se plantean preguntas menos genéricas como, por ejemplo, ¿qué piensa Dios de esto que me está pasando? ¿por qué a mí? ¿por qué tan joven? o ¿qué habré hecho para merecer este castigo?
No todas estas preguntas tienen respuestas, algunas de ellas incluso contienen ideas erróneas fruto de teologías que hacen a Dios responsable de los padecimientos humanos, o que plantean los padecimientos humanos como castigos o pruebas impuestas a la vida de las personas.
No se intentará aquí profundizar en estas preguntas, ni en las teologías que las sustentan, aunque es necesario para acercarse a una respuesta adecuada remarcar el hecho de que las personas cristianas afirman su fe en un Dios que se hizo carne para, de esa manera, identificarse integralmente con la naturaleza humana.
La encarnación manifiesta - en relación al sufrimiento, la muerte y el morir - el reconocimiento de que Dios no ha abolido ni impuesto las realidades de la muerte y el sufrimiento humanos, lo que sí ha hecho es identificarse con la persona en medio de esas realidades y auxiliarla en dicha situación difícil.
Dios no libra a la persona de sufrir o de morir, tampoco es quien impone los sufrimientos, lo que hace es acompañar comprometida y solidariamente -es decir encarnadamente- en medio de las dificultades de la existencia.
De allí que la com-pasión, es decir el sufrir-con la otra persona desde lo más profundo, sea uno de los rasgos de divinidad que caracterizan a Jesús de Nazaret. Compasión que se traduce en una opción de Jesús en favor de las personas enfermas, de las apartadas de la sociedad, de aquellas que tienen negada la posibilidad de morir humanamente, de quienes sufren; en otras palabras opción por las personas que tienen encarnada en sus vidas la experiencia del sufrimiento.
En un interesante y fundamental estudio, Elisa Estévez analiza el significado de la palabra griega σπλαγχνιζομαι que es la que se traduce normalmente como compasión y descubre:

"una novedad radical en el amor misericordioso de Dios. Este amor, que significa solidaridad histórica con el dolor humano, nace del seno del Padre y constituye el fundamento de la acción liberadora de la Iglesia."

La significación de este término griego va más allá del mero compadecerse ya que esta actitud de Jesús ante el sufrimiento y los padecimientos de la gente producen en Él una reacción en dos niveles:
1) lo mueve a experimentar sentimientos de ternura, compasión, misericordia;
2) provoca una reacción corporal en la que sus entrañas se mueven.
De allí que el término σπλαγχνιζομαι es compasión -pero aún más que eso-, expresa la reacción integral y profunda de Jesús hacia quien sufre. Como dice Elisa Estévez, este verbo "tiene en sí una riqueza fortísima."
Σπλαγχνιζομαι, si bien es una palabra griega que expresa ese significado de compadecerse, conmoverse las entrañas, debe ser interpretado desde la concepción hebrea que plantea que en las entrañas está la sede de los afectos, la ternura, la compasión, etcétera. Para los griegos, en cambio, ellas eran la sede de las pasiones violentas como la ira y el odio, o el amor.
Este verbo, además, tiene cierta correspondencia con el término hebreo raham que significa compadecerse, sentir cariño, piedad.
Es importante tomar nota de la profunda significación de σπλαγχνιζομαι ya que a lo largo de las 12 veces que aparece en el N.T.:

"designa la compasión experimentada por Jesús... a la vista de las necesidades humanas. Su significado va más allá de una fuerte convulsión de las entrañas ante el sufrimiento, el dolor, la enfermedad ... para aportar un rasgo distintivo de la misión mesiánica de Jesús, recibida del Padre y transparencia de sus entrañas misericordiosas. Su significado cubre un doble aspecto: por un lado, la vivencia encarnada del sufrimiento; por otro, la urgencia de transformarlo en un gesto concreto de liberación y salvación."

Es interesante ver además que este movimiento de entrañas y compasión tiene como objeto -en la mayoría de los casos- a las multitudes, es decir, a un elemento colectivo como lo evidencia Mt. 9:36, 14:14, 15:32 y Mc. 6:34, 8:2. En los demás casos el objeto de este sentimiento y reacción son personas individuales. Este es el caso de dos ciegos en Mt. 20:34, el leproso de Mc. 1:41, la familia del epiléptico en Mc. 9:22, la viuda en Lc. 7:13, el siervo de Mt. 18:27, un hombre en Lc. 10:33 y el hijo pequeño en Lc. 15:20.
Estos textos evidencian la identificación de Jesús con el "populacho" , con las personas excluidas de la sociedad (gente con lepra, ceguera, epilepsia, etc.) y en general con todas aquellas que viven en una situación de indefensión, necesidad, debilidad e inseguridad.
Por ello en la actitud de Jesús hacia la fragilidad de la vida de las personas vemos su "misericordia entrañable" , que permite entender cuál es su voluntad y reacción -igual es la del Padre- respecto a los padecimientos humanos.
A Jesús se le mueven las entrañas ante el dolor y el sufrimiento de las personas; Él no es insensible a esto. De su actitud, quien sufre por la inminencia de la muerte, la enfermedad, u otra circunstancia dramática de la vida, puede obtener consuelo, aliento y esperanza.
Esta fortaleza recibida por gracia no implica que la persona sufriente este exenta de su propio movimiento de entrañas ante el dolor y la angustia propia, no implica que se niegue la posibilidad de la rebeldía y el "pataleo" incluso ante Dios. Al contrario la solidaridad evidenciada por el movimiento de entrañas compasivo de Jesús permite a la persona encontrar un lugar apropiado donde sus cargas y padecimientos puedan ser expresados y aliviados por Aquel que está dispuesto a auxiliar a sus criaturas en medio de la muerte y el temor.
Jesús no es inconmovible ante los dolores humanos sino más bien está sumamente dolido y solidarizado. Su σπλαγχνιζομαι garantiza que ante el dolor y el desconsuelo, ante las dudas y los enojos, Jesús está de parte -y a disposición- de las personas sufrientes.
Confiar en el movimiento de las entrañas y la compasión de Jesús es una manera de encontrar sentido, fortaleza y esperanza en medio de las diversas situaciones que obligan a vivir la cercanía de la muerte en una sociedad que la oculta, la niega, y también la produce. Ciertamente a Jesús, y a Dios mismo, se le mueven las entrañas ante el dolor de la gente.

2. Sentido cristiano de la existencia
Para los cristianos y cristianas a lo largo de la historia, la búsqueda del sentido de sus vidas siempre ha sido marcado por la perspectiva de la fe en Dios. Gattinoni afirma que solo "Dios y su voluntad pueden dar el sentido verdadero " a la vida.
Pero hoy, ante esa muerte que es negada tornándose tan oscura para la vida de las personas, es necesario dar razón de esa fe que puede dar sentido existencial.
Es necesario para el contexto en el que toca vivir y morir poder afirmar que la luz resplandece en medio de las tinieblas que muchas veces ensombrecen la vida, y que esas tinieblas no pueden opacar la fuerza renovadora que surge de la fe en un Dios capaz de dar trascendencia y significación a la vida humana.
En la medida en que se logre una convicción de fe tal, que permita a la persona vivir cada experiencia en la perspectiva de que la vida no termina con la muerte, este acontecimiento de la vivencia humana podrá ser iluminado por las esperanzas que emanan de la fe en el Dios de la vida y de la historia que se ha revelado en Jesucristo y que actúa por medio de su Espíritu de vida.
Cierto es que para enfrentarse con valor al hecho de la muerte, más que tener una comprensión de la muerte lo que se necesita es:

"alcanzar una convicción de la vida... Llegar al convencimiento de que la muerte no es la última palabra de la vida, ni es el adiós espantoso y definitivo, (lograr esto) es posesionarse del gran secreto de la sonrisa y la esperanza."

Es necesario, entonces, ayudar a las personas (especialmente en un contexto como el que ha sido descripto en los capítulos anteriores) a que lleguen a tener una real apreciación de lo que implica vivir plenamente, es decir, en los términos de la vida que Dios quiere para todos y todas -incluso ante la inminencia de la muerte-. También es importante apreciar cómo una vida vivida con este sentido cristiano de la existencia puede aportar esperanza aún en los momentos de más agonías y sufrimientos.
Poseer dicha convicción respecto a la existencia humana, es lo que da una perspectiva particularmente importante a la vida del creyente. Esta convicción de fe ha sido revelada al pueblo de Dios de forma especial a través de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo y a través del testimonio de fe del pueblo de Dios.
Según Libânio y Bingemer, el núcleo central de la fe es:

"un Dios de la vida, cuyo proyecto salvífico se extiende sobre toda la historia humana - hasta su plena realización en la eternidad. Es un proyecto que... se ha revelado en la encarnación, muerte y resurrección de Jesús."

Por esto, para encontrar sentido, tanto a la vida como a la muerte de cada ser humano, será necesario ver en qué forma la cruz y resurrección de Jesús pueden aportar significado en tiempos de angustias, sufrimientos, o ante la inminencia de la muerte.
En esos acontecimientos de la vivencia humana se puede apreciar que "en Dios la vida es vida en verdad y la muerte no es muerte verdaderamente". Esto es posible, desde la óptica cristiana, a través de la interpretación de la cruz y del sepulcro vacío, como elementos dadores de sentido y de fundada esperanza para la existencia.
En esta misma línea, la cruz de Cristo es para la persona creyente reveladora de sentido para la existencia toda. La cruz, por un lado, revela la identificación de Jesús con los sufridos de todo tiempo y lugar; por otra parte revela crudamente los alcances de la muerte y de los poderes que causan la muerte precoz e injusta.
De allí se deduce entonces que la cruz de Cristo revela tanto lo obvio -que toda persona humana es mortal- como así también lo más profundo; que la muerte muchas veces es producida y los sufrimientos prolongados a causa de la desmesura del poder.
La cruz de Cristo evidencia, también, que Dios no quiere la muerte antes de tiempo, ni la muerte agravada por sufrimientos innecesarios. La cruz es reveladora de las cadenas de muerte y de dolor que imperan en nuestro mundo moderno y es reveladora de los deseos de Dios. El quiere para cada persona una vida llena de sentido -como la de Jesús- y también una muerte que desde ese sentido aporte a que sea digna y no obedezca a las leyes humanas sino a la ley biológica que indica que la muerte acompaña al ser humano por obra de la naturaleza.
Por otro lado, Dios afirma con el sepulcro vacío su opción por la vida plena y abundante mediante la perspectiva de la vida perdurable mostrada en la resurrección.

Desde estos lugares teológicos podemos entender que la muerte, particularmente la de los pobres, además de injusta y precoz -como la de Jesús- es masiva e idolátrica e implica una blasfemia contra Dios, quien la rechaza por antinatural e injusta.
Ante dicha realidad, la resurrección aporta una perspectiva y una esperanza, ya que revela cuál es la voluntad del Padre para la vida y la muerte de cada hijo e hija y cuál es la trascendencia que puede alcanzar esa vida, aún más allá de la muerte, para quienes ponen su existencia en las manos de Dios.
A su vez, la resurrección muestra que los planes de Dios son eternos, pero no los de las personas; muestra, además, que la muerte ya no es una realidad definitiva y última, puesto que ha sido vencida por Jesús. El es la primicia de la propia resurrección humana.
La muerte y los sufrimientos puestos en sus manos no son el fin de un camino sino la continuidad hacia una vida que no se limita por la muerte. De allí que la persona cristiana plantea la vida eterna como una posibilidad de continuidad y verdadera plenitud de su existencia.
Desde la fe en el sentido de la muerte y de la resurrección de Jesús, entonces, la vida puede llenarse de significado.
Esto implica la constatación de que:

"El creyente no tendrá respuesta para toda pregunta ni entenderá el por qué de sus sufrimientos. Pero sabe que está en manos de Dios y que aún lo que ahora le resulta incomprensible tiene un sentido que trata de averiguar del Padre. Con una fe tal, uno da con el centro de la vida, de la existencia entera, en horas de sol radiante y de tormentas amenazadoras, se llena de significado."
Esta fe se consigue desde la búsqueda del sentido para la vida humana a la luz del significado que tiene la vida de Jesús para la persona.
Es importante encontrar ese significado, ya que cuando la vida golpea la existencia humana, la respuesta que saldrá de la persona estará en íntima relación con aquello que se tenga como centro significante de la vida.
Poéticamente lo dice Gattinoni:

"Si lo que en nosotros abunda son nuestras amarguras, amarguras serán nuestras respuestas. En cambio si en nosotros está el gozo del Señor, los embates sólo podrán arrancar melodías de nuestras vidas."

Desde la cruz -que no niega la muerte sino que la pone en el centro de la atención y que tampoco calla cuando las causas de esa muerte son agravadas por el sufrimiento de quien es justo y muerto indignamente- se puede hallar un consuelo, una esperanza y un sentido para la muerte y el dolor humano.
Desde la resurrección -que tampoco niega la muerte sino que acentúa la opción de Dios por aquellos que sufren dando una perspectiva de eternidad a la existencia toda (con la muerte incluida)- se podrá encontrar sentido a la vida, a la muerte y al proceso de morir.
Jesús -como centro de la revelación- aporta, entonces, la esperanza en medio de los dolores y la muerte porque El es la luz que resplandece en medio de todas las oscuridades de la vida y ha cargado sobre sí los dolores humanos para que la muerte humana no sea definitiva. De esa revelación, que aporta sentido, surge la esperanza para la persona cristiana.
De la vida y testimonio comprometido de Jesús -y compartido por las comunidades de fe- surge la constatación de que la vida cobra sentido cuando se la invierte en los otros, cuando es vivida con intensidad, cuando se enriquece cotidianamente y cuando es una vida en dependencia de Dios.
Según Bernardo Stamateas:

"La pregunta entonces no es ¿cuándo moriré?, sino ¿cómo he de vivir hasta que muera?, ¿cómo estoy invirtiendo mi vida?"

La respuesta a estas preguntas se encuentran en el modelo revelado en Jesús y éste es quien aportará sentido a la existencia de las personas. Desde la comprensión del mensaje revelador de Jesucristo se pude tener la certeza de que:

"la muerte, en la perspectiva cristiana, pierde su carácter definitivo sobre la vida humana, para dar lugar a la esperanza."

3. Una perspectiva para la vida: esperanza escatológica y resurrección humana
La esperanza que surge de la comprensión cristiana del mundo es la que permite afirmar a la persona cristiana, trastocando la visión de la existencia impuesta en la sociedad, que "mientras hay esperanza hay vida". Es decir que, en cierta forma, sólo en la medida que exista una vivencia de esperanza cristiana, la vida, en todas sus etapas, podrá encontrar su sentido más profundo.
Esta afirmación es posible ya que la escatología cristiana:

"Se refiere más al sentido último, definitivo, profundo de la vida humana, ya presente en esta vida y que se realiza plenamente y sin velo alguno en la vida más allá de la muerte."

Esta es la esencia de la perspectiva cristiana que permite enfrentar la muerte y el proceso del morir. La vida cristiana está marcada por esa perspectiva que es posibilitada, justamente, por la convicción de fe referida a que la muerte no es la realidad última y definitiva para la vida de las personas.
Entiéndase bien que esto no es una negación de la muerte, más bien es la posibilidad de llenar de sentido el hoy en una perspectiva de futuro y de trascendencia. Esto es lo que en gran manera define a la comunidad de fe, ya que ésta

"No tiene su esencia y su fin en sí misma, ni en su propia existencia, sino que vive de algo, y existe para algo que va mucho más allá de ella .... Si se quiere averiguar su esencia, hay que preguntar por el futuro en el que ella coloca sus esperanzas y expectaciones."

Esa existencia, con perspectiva escatológica de futuro y trascendencia, es la que hace que las personas cristianas no se deban contentar con la negación de la vida ni de la muerte en la sociedad actual. En esta perspectiva escatológica, revelada en la resurrección del Cristo, son las comunidades cristianas llamadas a trascender las realidades no por la negación o por la proyección de sus deseos y esperanzas en un futuro diferente sino, más bien, por una acción enmarcada en esa perspectiva.
Creer y esperar en confianza una vida redimensionada y llena de sentido y futuro es una invitación para todos y todas a afrontar las muertes, sus causas y llenar de sentido la acción y la vivencia ya hoy.

"Con la resurrección de Jesús, se abre finalmente el horizonte definitivo de esperanza para todos los desamparados del mundo y los provoca a la acción de transformar lo <<penúltimo>> en la dirección de lo <<último>>."

En este sentido es que se afirma la posibilidad de que la experiencia de la persona tenga una perspectiva y un sentido más allá de la cercanía o lejanía de la muerte. Dotada de esta percepción, la muerte puede ser vivida y pensada no como una realidad a negar u ocultar, sino como una realidad que ya no tiene la última palabra respecto a la existencia humana, aunque como acto de la naturaleza pueda parecer el fin total de la existencia.
Es interesante resaltar que el planteamiento de la resurrección como perspectiva que aporta un sentido a la vida no puede implicar la negación de la responsabilidad que le cabe a la humanidad en cuanto a ser creadora o destructora de las condiciones para que la vida y la muerte puedan ser humanamente digna.
En esto sentido se señala que:

"Las opciones hacen y harán nuestra muerte. Morimos de lo que escogemos."

Y más aún, en el contexto latinoamericano, se muere de lo que es impuesto a las personas y en contextos marcados por el desprecio a la vida e integridad de las personas. De allí la relevancia de comprender que una visión escatológica del mundo y de la existencia no implica poner las miradas y expectativas en lo último, olvidándose de lo de aquí y ahora, sino más bien es una invitación a ser responsables en la mayordomía de la existencia aquí y ahora ya que "la muerte es el fruto maduro de las opciones de toda la vida."
De no hacer estas consideraciones y distinciones se estaría negando la muerte y la misma vida, ya que se evadiría la posibilidad de vivenciarla como parte integrante de la existencia humana. Esto daría como resultado una muerte no sólo biológica sino fundamentalmente existencial, es decir una muerte carente de sentido para la existencia.
Desde la perspectiva cristiana la fe reacciona contra el ocultamiento de la muerte proclamando la "gracia" de poder tener una muerte preparada y asumida. Contra la pretensión actual de la sociedad de negar la muerte es menester volver a afirmar, desde la fe, la gracia de morir. Esto, no en el intento de "abolir" la muerte como lo enfoca la sociedad, sino en el intento de rechazar la muerte injusta y sin sentido. Desde allí es que se puede afirmar con razón que:

"Si Dios es Dios de la vida y de la justicia, los atentados injustos contra la vida atentan contra Dios".

Las personas, todas, tienen derecho a vivir en plenitud para poder morir con dignidad. Para que sea posible esto y el llenar de sentido la vida y la muerte de los seres humanos, es menester comprometerse con la espera de esa realidad última que ha sido revelada en Jesucristo. Esta es una espera que ya puede hacer surgir sus frutos en el presente, dado que Jesús mismo es la primicia y anticipación de lo que vendrá.
Dicha espera aporta sentido a la vida y a la historia:

"La resurrección de los muertos es el reino de Dios que acontece en plenitud en relación con cada uno que termina su historia. El reino que estaba ya presente a lo largo de toda la vida se pone de manifiesto."

En cierta manera -continuando con el seguimiento del relevante pensamiento de Libânio y Bingemer- es la resurrección que se hace carne en la propia historia llevándola a su glorificación.
Esta es la espera que da sentido: la espera de un futuro que plenifica la historia de toda la vida y que rechaza que las personas quieran asumir el rol de dar las últimas palabras sobre la vida y la muerte. Esto revela con claridad que:

"Los señores de la tierra no han dicho ni dirán jamás la última palabra sobre la historia. Frecuentemente, y hasta en nuestros días, han dicho las penúltimas palabras para el sufrimiento de muchos y martirio de algunos. La parusia del Señor revela que hay un abismo entre la penúltima y la ultima palabra. La última palabra le corresponde siempre a la justicia, al amor, a la fraternidad. Realidades sostenidas por el propio Dios a lo largo de la historia."

De allí que la muerte es a la vez Kenosis (humillación) y Doxa (glorificación), según el sentido que se le dé a la existencia.
Por la convicción de fe esperanzada de que Dios tiene la última palabra se participa de la glorificación de la propia existencia, incluido el momento de la muerte.
Esta participación implica entonces que el cielo o el reino de Dios en sí no son un más allá trascendente y extramundano sino una realidad ya, para quienes esperan la glorificación de sus vidas y de la historia en el momento de la muerte. El cielo, no obstante, no es una realidad a obtener sino el fruto de toda una existencia sostenida, o reformulada, bajo el amparo de la gracia de Dios. Gracia que se va gestando ya, ahora, entre esperanzas y angustias, en la tensión escatológica entre el ya pero todavía no.
Obtener esta convicción de fe permite a la persona llegar a ser definitivamente y en plenitud lo que está predestinada a ser: persona creada a imagen de Dios. De esta manera:

"Dios convierte lo viejo en nuevo, la lucha en victoria, la muerte en vida, la soledad en comunión. Y el ser humano creado para ser su imagen y semejanza, podrá realizar su utopía: formar con todos los hombres la comunidad ilimitada de comunicación que es el reino de Dios, el cuerpo de Cristo."

Tal es el sentido que tiene desde esta óptica cristiana la vida y la muerte, el dolor y la esperanza, la cruz y la resurrección de Jesús y de las personas.
La misión del cristiano en un contexto deshumanizado será entonces dar razón de esa esperanza que llena de sentido la vida e incluso la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


CAPÍTULO 4
LÍNEAS INTEGRALES DE ACCIÓN PASTORAL

1. El acompañamiento pastoral a la persona enferma terminal
Desde una percepción cristiana del ministerio de la Iglesia se plantea la necesidad de proponer un ministerio de acompañamiento pastoral que sea dador de sentido y esperanzas especialmente en un contexto desafiado por la presencia y concepción de la muerte; en otras palabras, es necesario formular un ministerio de acompañamiento a la persona moribunda que sea liberador y dador de sentido para la existencia.
La finalidad de la tarea de acompañar pastoralmente a quienes sufren ante la muerte inminente, está marcada -entonces- por la búsqueda de la liberación de dichas personas y por la consecuente búsqueda de sentido para su existencia.
Las comunidades de fe que desempeñaron esta labor han comprendido de múltiples maneras los alcances e implicancia de la tarea del acompañamiento pastoral; el desarrollo de este ministerio particular ha implicado, a lo largo de la historia de la Iglesia, la convivencia de varios énfasis que se complementan mutuamente.
La tarea de acompañar incluye, en consecuencia, las siguientes características que definen al acompañamiento como un ministerio:
• sanador (buscará la plenitud),
• que sostenga (ayudará a soportar y superar las situaciones),
• que sea capaz de guiar (ayudará a tomar buenas decisiones),
• que colabore en la tarea de reconciliar (recompondrá relaciones),
• que sea capaz de nutrir la vida de las personas (ayudará a desarrollar las potencialidades que Dios ha dado para la vida).
Es importante que este ministerio dirigido a las personas sufrientes que están ante la inminencia de la muerte, pueda cumplir con cada uno de estas características permitiéndose la búsqueda de un sentido integral que responda a la problemática por la que atraviesa la persona.
Acompañar pastoralmente a quien sufre implica, además, dar cumplimiento a las tareas fundamentales que incumben primordialmente a la Iglesia, entendida como cuerpo. comunidad e instrumento de Aquél que se compadece y a quien se le mueven las entrañas ante el sufrimiento y el dolor.
Las tareas que definen el quehacer de la comunidad de creyentes, a la hora de acompañar a la persona sufriente, están en íntima relación con los quehaceres originarios de la comunidad de fe. El acompañamiento pastoral al que sufre tiene que ver, entonces, con:
• el KERIGMA, proclamando las buenas noticias del amor y la compasión de Dios,
• la DIDACHE, mediante la enseñanza referida al sentido de la vida, la comprensión de la muerte, etcétera,
• la KOINONÍA, fomentando la formación de una comunidad de amor que incluya la dimensión vertical y que sea solidaria con el sufrimiento de la otra persona,
• la DIACONÍA, como expresión de las buenas nuevas mediante el servicio realizado con amor a quien sufre y necesita del acompañamiento y apoyo de la comunidad de fe.
El desarrollo del ministerio de acompañamiento de la comunidad de fe hacia quien sufre por la inminencia de la muerte, deberá ser integral y abarcativo de las características y tareas antes descritas, e implicará la necesidad de pasar por un proceso que manifieste concreta y creativamente la solidaridad con la persona sufriente.

2. Proceso de acompañamiento solidario a quienes sufren: relectura del libro de Job 2 : 11 a 13
Para una metodología de acercamiento al que sufre es necesario configurar algunos pasos que puedan ayudar a ser mas efectivos en la tarea de acompañar. Una posibilidad en este sentido se abre desde la lectura e interpretación de la Palabra de Dios que es Testimonio de la fe y experiencia de su Pueblo.
Un texto que aporta los pasos que serán necesarios para cumplir en el ministerio de acompañamiento a la persona sufriente es el de Job 2: 11-13.
El libro de Job en su conjunto responde al planteo sobre el por qué de los sufrimientos humanos. Pero la intención no es trabajar sobre toda la obra sino sólo con algunos versículos que resultan fundamentales para el planteamiento del proceso de acompañamiento a quien sufre por la inminencia de la muerte.
Para plantear - desde Job 2: 11-13 - los lineamientos más relevantes en relación a la pastoral latinoamericana de acompañamiento a personas enfermas terminales, en primer lugar se deben hacer algunos aportes y consideraciones relacionadas a la historia del libro de Job y su temática general.
El libro de Job se encuadra dentro de los libros sapienciales que exaltan la sabiduría como forma acabada que permitiría vivir de acuerdo a la voluntad de Dios. Dicho conjunto de libros fueron escritos por los "sabios", ellos eran gente ilustrada que vivía de la venta de su saber.
La "historia" de Job, que surge en ese contexto, retoma una historia de tipo popular sobre un hombre que era considerado justo y paciente y "produce sobre él una obra literaria con profundas inquietudes teológicas". La pregunta teológica más constante es la relacionada al por qué del sufrimiento de la persona inocente, pero también se tratan cuestiones -siguiendo a Gustavo Gutiérrez- tales como el problema del mal, la temática de la retribución, la amistad, etcétera.
La parte más impactante de este libro es el doble debate que se desarrolla entre Job y sus amigos (Capítulos 3-37), y entre Job y Dios (Capítulos 38-42). En la primer serie de debates queda desenmascarada una forma de piedad tradicional que está marcada por un intento de justificar a Dios incluso a expensas de la condena de un justo.
La teología evidenciada por los discursos de los amigos de Job está caracterizada por la idea de que el justo es siempre premiado y, a su vez, el malvado es siempre castigado; la pobreza, el dolor y el sufrimiento serían entonces el castigo merecido por los injustos. Esta es la denominada Doctrina de la Retribución , en cierta manera el mismo Job comparte, también, esta postura teológica. Lo que lo diferencia de sus amigos es que él, considerándose justo, no elige como solución a su problema el dejar de lado la amistad con sus amigos, ni el defender a Dios para justificar una situación. Job opta por defender su condición de justo y busca en Dios la respuesta respecto al por qué de su situación.
No obstante esta realidad que puede percibirse a lo largo de los debate entre Job y sus amigos, es posible resaltar algunos elementos valiosos de estos personajes tan criticados por la teología.
Para afirmar esto se parte, en primer lugar, de la noción que no siempre es conveniente ser absolutos en los juicios, especialmente cuando se habla de personas o personajes que siendo humanos e imperfectos son portadores de características tanto negativas como positivas.
En este sentido es interesante preguntarse, desde Job 2: 11-13: ¿qué aportan los amigos de Job al proceso de acompañamiento pastoral a las personas enfermas terminales?
Es importante, para responder a esta pregunta, aceptar la invitación de intentar leer esta perícopa sin dejarse condicionar por las posteriores. O, en todo caso, sin entender que el fracaso posterior de los amigos (evidenciado en los Capítulos 3 y subsiguientes), en cuanto a su acompañamiento a Job, no se debió a su comienzo (Job 2: 11-13) sino más bien al haber dejado de lado ciertas pautas, contenidas en este pasaje, que ciertamente son valiosas.
Los versículos a los que se hace referencia aquí muestran un proceso que es útil para la delineación de la pastoral en general y la de las personas sufrientes moribundas en particular.
Se trabajará el texto mencionado haciendo las siguientes subdivisiones:

Vs. 11:a Tres Amigos de Job se enteraron de todos estos males que le habían sobrevenido
Vs. 11:b y vinieron cada uno de su país: Elifaz de Temán, Bildad de Šúaj y Sofar de Naamat.
Vs. 11:c Y juntos decidieron ir a condolerse y consolarle.
Vs. 12 Desde lejos alzaron sus ojos y no le reconocieron. Entonces rompieron a llorar a gritos. Rasgaron
sus vestiduras y se echaron polvo sobre su cabeza.
Vs. 13:a Luego se sentaron en el suelo junto a él, durante
siete días y siete noches.
Vs. 13:b Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande.

Partiendo de esta subdivisión del texto de Job 2: 11-13 se pueden apreciar los siguiente momentos del proceso de acompañamiento pastoral a las personas que sufren ante la inminencia de la muerte:

2.1 El enterarse de los males que está padeciendo el hermano o la hermana
"Tres amigos de Job se enteraron de todos estos
males que le habían sobrevenido..."
Vs.11a.

Este es el punto de partida de cualquier acción pastoral e implica tener un contacto previo con aquella persona a la que le sobreviene el sufrimiento. Esto no siempre es así, pero es importante en cuanto a que normalmente no se recibe información de alguien con quien no se tenga una relación estrecha o, al menos, un contacto fraterno previo.
El pastor, la pastora, o la comunidad cristiana (como agentes responsables de la pastoral) lograrán enterarse de una situación que requiere de un acompañamiento especial sólo si tienen relación con la gente y si han mostrado previamente una actitud de apertura hacia las personas que posiblemente serán destinatarias de la pastoral.
Si el discurso o la actitud previa de las personas agentes de pastoral es condenatorio, intimidatorio, autoritario, etcétera, difícilmente la persona que se enfrenta al dolor, al sufrimiento, o muerte, recurrirá al acompañamiento de la comunidad cristiana.
De no existir una actitud mostrada previamente como cálida y clara ante las temáticas de muerte, la vida, el sufrimiento, la existencia, etcétera, la gente afectada por la inminencia de la muerte recurrirá a cualquiera menos a la Iglesia o a las personas que desempeñan ministerios específicos dentro de ella.
En relación al enterarse es también importante señalar que la noticia sobre los problemas o angustias de las personas no siempre "vienen" a la persona encargada de la pastoral, muchas veces es necesario "descubrirlas" en medio de las situaciones y los diálogos.
Por esto quien trabaje en este ministerio de la Iglesia debe ser perspicaz para observar y poder analizar entre líneas las palabras y las actitudes de las otras personas, ya que muchas veces de esto depende el enterarse o no de una situación que solapadamente contiene problemáticas existenciales profundas que requieren del cuidado y el acompañamiento pastoral.
Para decirlo en otras palabras no se puede esperar a que la persona diga literalmente: "me preocupa la muerte o lo que pasará luego de ella". Hay formas veladas o gestuales que muestran que existe una preocupación aunque la angustia por ello no sea verbalizada en forma explícita.

2.2 Ir aunque cueste
"...y vinieron cada uno de su país: Elifaz de Temán,
Bildad de Šúaj y Sofar de Naamat"
Vs.11b.

Este segundo momento del proceso de acompañamiento de la persona sufriente implica movilidad, dinamismo y compromiso compasivo y solidario.
No se puede enterarse de una persona que está pasando por una crisis y quedarse en una postura estática o ponerse a enumerar todos los inconvenientes que traería ir hacia aquella persona que sufre. En el caso de los amigos de Job las excusas para no ir podrían haber pasado por las distancias, por los peligros de hacer una viaje largo, etc.; en el caso de la persona encargada de la pastoral las excusas pueden ser falta de tiempo, otras responsabilidades que están primero, la dificultad emocional que conlleva el estar al lado de quien sufre, etcétera.
Cuando alguien sufre, las distancias, las dificultades, las ocupaciones, deben ser vencidas por quienes tienen la vocación pastoral de acompañar a la persona que sufre. Esto seria el comienzo de la actitud de dejar que las entrañas, como sede de los afectos, se movilicen por los sufrimiento y las angustia de la otra persona.

2.3 Comunidad solidaria
"Y juntos decidieron ir a condolerse y consolarle"
Vs.11c.
El tercer momento que se descubre en esta perícopa del libro de Job tiene que ver con la presencia de una comunidad que se hace solidaria ante el dolor, la angustia y el sufrimiento de las personas.
La acción pastoral requiere, necesariamente, de una comunidad en la que el dolor del otro o la otra se haga el de todos y todas. La comunidad es, entonces, un espacio de contención recíproca y de acompañamiento fraternal tanto de quienes sufren como de aquellos/as que en el desempeño del ministerio del acompañamiento y la consolación necesitan igualmente de una comunidad que los sostenga.
En la comunidad se encontrará la fortaleza necesaria para continuar la tarea de estar junto a las personas que sufren siendo afectadas existencialmente por la cercanía de la muerte.
Las palabras con-dolerse y con-solarle evidencian los rasgos fundamentales de esta fase del proceso de acompañamiento desde la comunidad, de este momento de la pastoral que se define como la fase de la "comunidad solidaria".
La actitud de este momento del proceso de acompañamiento implica que enterarse del sufrimiento de la otra persona y estar con disposición a ir a su lado requiere - para lograr efectividad - hacer de su dolor el propio y así poder sufrir-con esa persona, poniéndose en su lugar.
Sólo desde el lugar de la persona sufriente se podrán entender claramente las angustias y los sufrimientos de ella para desde allí, entonces, poder aportar a un consuelo y esperanza que será el de ambas (persona sufriente y acompañante pastoral).
La actitud de consolar está, obviamente, emparentada con el concepto bíblico σπλαγχνιζομαι que significa - como ya fue dicho anteriormente - compadecerse, mover las entrañas ante el sufrimiento de la otra persona.


2.4 Ver claramente la realidad
"Desde lejos alzaron sus ojos y no le reconocieron. Entonces
rompieron a llorar a gritos. Rasgaron sus mantos
y se echaron polvo sobre su cabeza"
Vs.12

Muchas veces al enfrentarse a una situación que requiere del acompañamiento consolador, como en el caso de las personas enfermas terminalmente, la persona que asume el desafío de desarrollar la pastoral de acompañamiento se ve confrontada con la necesidad de abrir los ojos y ver con claridad la realidad.
Dicha mirada es necesaria de realizar aunque esto lleve a constatar la dolorosa y cruda realidad de las causas y consecuencias que tienen el sufrimiento y la opresión sobre las personas.
Ver claramente dicha realidad generalmente es fuerte, pero igualmente necesario para no caer en interpretaciones "espiritualistas", o de otras índoles, que estén desencarnadas de la realidad.
Ya se ha dicho que el contexto debe estar claramente identificado para delinear con relevancia la pastoral hacia quienes están con la muerte o los sufrimientos en la puerta de sus vidas.
Además es necesario que el dolor de la otra persona lleve a actitudes de solidaridad que serán importantes para un acompañamiento efectivo (en el versículo analizado, este es el caso de los gestos simbólicos de rasgar las vestiduras y echarse polvo sobre la cabeza).

2.5 No abandonar
"Luego se sentaron en el suelo junto a él,
durante siete días y siete noches"
Vs.13a.

La quinta fase del proceso implica que la persona encargada del acompañamiento a una persona que está experimentando el sufrimiento y la inminencia de la muerte debe ser constante y hasta el final; de esto depende que la actitud de la persona responsable de la pastoral sea comprometida y madura o un simple "remiendo" para la vida de la persona sufriente.
El significado del número siete -mencionado en este versículo- resalta la importancia del no abandonar, ya que siete significa en la simbólica hebrea: perfección. Un acompañamiento es efectivo si se hace hasta el final sin abandonos o inconstancias.

2.6 El silencio como canal de comunicación con la persona que sufre
"Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que
el dolor era muy grande."
Vs.13b.

Las personas encargadas de la tarea pastoral de acompañamiento caen, reiteradamente, en el error de querer explicar todo, hasta lo inexplicable. Esta perícopa evidencia que el acompañamiento, muchas veces, requiere de una pedagogía del silencio.
Al hablar aquí del silencio no se está pensando en mantener una actitud de apatía o rechazo a la persona que sufre por la inminencia de la muerte, ni un consecuente silencio marginante hacia ella. Lo que se dice es que ante el dolor y la desgracia muchas veces las palabras no alcanzan para trasmitir el consuelo y la esperanza. Incluso muchas veces sobran ya que intentan explicar situaciones que trascienden -considerando las limitaciones intelectuales y emocionales de la persona que desempeña esta pastoral- a las capacidades humanas de responder honestamente.
Una pastoral comprometida requiere, en gran medida, de menos palabras y de más gestos y actitudes que evidencien cuál es el grado de compromiso y de acercamiento hacia el que sufre.

3. La persona acompañante en la pastoral con personas moribundas
3.1 Puntos de partida del acompañamiento

Aclarar los puntos de partida para la acción pastoral de acompañamiento es tan importante para quien se encargue de la pastoral como saber que la persona con que se encontrará será una persona en quien se puede descubrir a Dios ya que Él se muestra, preferentemente encarnado en la gente sufriente, desvalida, ignorada, etcétera.
Es a esa persona sufriente que se acompaña en un camino compartido a quien se debe poner en el lugar principal, ya que la finalidad del acompañamiento es la de buscar plenitud, esperanza y vida con sentido para ella, incluso ante el aparente sin sentido de la vida manifestado por la inminencia de la muerte.
Es importante resaltar, en relación al rol pastoral de las personas que acompañan, que la función del encuentro existencial entre agente pastoral y persona humana necesita un punto de partida definido desde la fe. La fe de la persona encargada de la pastoral puede ayudar a entender cómo es el mundo en el que se muere y cuáles son las angustias y dolores que padece la persona humana que se enfrenta con la realidad de la muerte.
Es bueno mencionar en este punto que, la persona que se acerca pastoralmente al otro u otra lo hace, fundamentalmente, desde una forma de ser y desde una manera de vivenciar la fe. Consecuentemente, el acercamiento se produce desde una manera de interpretación - desde esa fe - del mundo y de lo que en él sucede.
Desde allí se puede intentar apoyar la fe y el sentido de la existencia, propia y de la otra persona, partiendo de los diferentes procesos y etapas que se deben afrontar ante la enfermedad de carácter terminal.
Acompañar -desde la fe- a quien sufre no implica la obligatoriedad de tener que dar respuestas o discursos pre establecidos frente a los problemas que se presentan; tampoco implica que no se pueda ayudar a quien no comparte la fe de la persona agente de pastoral.
Hay muchos consejos en trabajos ya publicados respecto a la actitud o manera en que ha de asumir su tarea la persona agente de pastoral. Todos ellos son ciertamente valiosos, pero se puede considerar que lo fundamental es la actitud que asume la persona acompañante en el contexto condicionante actual.
En una sociedad como la latinoamericana el rol de quien acompaña a la persona sufriente debe estar fuertemente marcado por el movimiento de entrañas, la compasión y el amor comprometido manifestados en Jesucristo.
Sin amor, entrega y compasión ninguna acción pastoral, o de otra índole, será significativa frente a la persona humana sufriente. Si el ser de la persona que acompaña no se moviliza integralmente y se vuelve respuesta mediante un servicio por amor, difícilmente se aportará algo a quién sufre. En cierta manera, el acompañar está marcado por el imperativo evangélico que resumió claramente San Agustín:·"Ama y haz lo que quieras".
La actitud de acercamiento y companía a la otra persona debe estar modelada profundamente por el amor y la compasión movilizadora y entrañable, puesto que este es un punto de partida desde el cual se podrá entablar una relación vivencial importante, integral y significativa.
El amor transmitido por gestos y actitudes es tan fuerte que a veces hace, como ha sido dicho, que ni siquiera sean necesarias las palabras para expresar la compasión y la esperanza que se quiere compartir.
Como dice Gattinoni, "el amor nos da la sabiduría necesaria para vivir sufrir y soñar" ; de allí su importancia. La persona cristiana sabe, además, que ese amor compartido con quien sufre ha sido recibido primero del Dios de la gracia, el consuelo y la compasión inagotable.
Acompañar, desde estos puntos de partida expuestos requiere de la constatación de que, para dar razón de la fe y la esperanza cristiana, la actitud es fundamental -¡y hasta más importante!- que el método de acercamiento, o los conocimientos teóricos que se puedan tener sobre la situación implicada en el proceso del morir. No obstante esto, por cierto, una claridad sobre estas cuestiones es importante para aprovechar a fondo los esfuerzos puestos en la tarea de acompañar ante la muerte inminente de una persona. Lo importante es no quedarse sólo con uno de estos aspectos en detrimento del otro.

3.2 Actitudes y aptitudes de la persona acompañante
Para desarrollar un ministerio de atención, cuidado y acompañamiento pastoral, como el que se está delineando, se debe marcar la significación que conlleva el hecho de que la persona encargada de la pastoral va al encuentro de la sufriente para acompañarla, y lo hace partiendo de su propia experiencia y cosmovisión.
El acercamiento presupone, además, la toma de conciencia de las limitaciones e imperfecciones que como ser humano tiene la persona agente de la pastoral, limitaciones que en gran medida pueden ser suplidas con entrega, compromiso, compasión y amor hacia quien sufre.
La tarea de acompañar a la persona enferma y su entorno familiar implica, necesariamente, brindarse sin reservas para desde allí caminar conjuntamente hacia el encuentro de significación para la existencia de ambos -en los diversos momentos de sus vidas-. No obstante esto, siempre es saludable que quien asuma esta tarea de acompañar encuentre la manera de asumir una actitud entregada y comprometida y, a la vez, que se pueda mantener internamente una diferenciación que deje claro que la persona a quien afectan existencialmente los problemas es aquella que está enferma.
Mantener cierta distancia de los problemas de la otra persona y saber que son su problema, no debe oponerse a una actitud entregada y comprometida, sólo que esta distancia que se debe mantener interiormente es necesaria para resguardar la salud de quien tiene la importante y a veces agotadora tarea de acompañar a quien sufre.
El acompañamiento ante la inminencia de la muerte deberá ser definido también por una actitud de respeto y consideración a la persona y sus opciones. Más que marcar desde afuera los caminos a seguir, es necesario acompañar los procesos de la persona de manera que puedan ser lo más productivos posibles para que, su vida y su muerte, puedan conllevar una significación vital y trascendente.
Quien acompaña en situaciones de dificultad, como en el caso de la inminencia de la muerte, debe tener claridad que se acercará a una persona que como ella misma está llena de interrogantes, de dudas y también de certezas. Se acercará a una persona que suele estar, generalmente, marginada y hasta negada socialmente, y que necesita ser acompañada en la búsqueda de un sentido para lo que le queda de su existencia, y en la búsqueda o recuperación de su propia dignidad y derechos como persona humana.
Acompañar y luchar al lado de la persona moribunda por lograr la dignidad para la vida, es una tarea urgente y desafiante, dado que la persona cuenta con poco tiempo y muchos contratiempos. La persona sufriente, como ya se expresara, debe ser lo primero en este caminar en búsqueda de sentido, incluso su persona y sus necesidades deben estar por sobre las posturas e intereses de quien acompaña.
Dicho todo lo anterior podemos concluir que el auxilio específicamente pastoral de la persona enferma terminal y moribunda debe tender al diálogo sobre las cuestiones existenciales que la preocupan, y que quien asuma esta tarea debe situarse como, nada más ni nada menos, que una persona que es compañera de camino y que, conjuntamente descubrirán la manera en que la interpretación de la vida y de la muerte desde una perspectiva de fe puede ayudar a resolver problemas existenciales.
Digamos, igualmente, que ese caminar no es sencillo porque a las problemáticas naturales planteadas por la situación de muerte inminente se sumarán preguntas o planteamientos existenciales a los que no siempre se podrá responder.
Muchas preguntas y temores son fuente de conflicto para el logro de sentido y esperanza, ya que son resultantes de teología o cosmovisiones erróneas que plantean que el proceso de morir, o el sufrimiento tiene que ver con castigo, consecuencia del pecado, ajuste de cuentas, retribución, etcétera, -como ha sido dicho anteriormente- .
Es necesario atender esta realidad para acompañar el crecimiento de la persona también en estas cuestiones. Pero hay que cuidarse de no caer en el grave error de dar razón de nuestra fe con el fin de justificar a Dios cuando las situaciones se presentan problematizadas por la realidad.
El ser acompañantes entonces presupone:

"la actitud de respeto a la interioridad del otro, el escuchar realmente lo que se dice y lo que no se dice expresamente, el intentar comprender de qué trasfondo emocional proviene lo dicho y cuál es el autentico valor que entonces cobra, el ayudar al otro a que perciba por sí mismo sus problemas y a que descubra la dirección de una solución".

Es importante reiterar que es de gran valor, en el acompañar en su camino a la persona enferma terminalmente, percibir que el afecto, la compasión, el movimiento de entrañas y el amor son los canales más efectivos de acompañamiento solidario. Este es uno de los puntos centrales de todo acercamiento a la persona en cualquier circunstancia de su vida y especialmente en las más difíciles.
Igualmente, como lo señala la experiencia, muchas veces en este caminar junto a la persona enferma se siente:

"la preocupación de no tener una visión exacta del curso de la enfermedad y, en consecuencia, de no poder acomodarse suficientemente a la situación y sentimientos del paciente."

Esta problemática es precisamente la que es necesario allanar. Diversas fuentes especializadas en el acompañamiento y asesoramiento de los enfermos terminales llaman la atención sobre la necesidad de que quien asista a la persona muriente conozca el curso de la enfermedad (descrita en el Capítulo 2) y además que se conozca bien a sí mismo.
Sin este auto-conocimiento se puede producir un mal acompañamiento y una fuerte tensión tanto para el enfermo como para la persona responsable de la pastoral. Por esto, para ser acompañante eficaz en la ruta de la vida próxima a la muerte, se deberá conocer con precisión cuál es la ruta y cómo esa ruta afecta el propio camino de la vida.
Para que el acompañamiento sea bueno es importante, entonces, que la persona dedicada a esta cuestión se preocupe en:
• conocerse bien a sí misma,
• comprender cómo es y a qué responde el contexto en el cual la gente vive, sufre y muere,
• comprender cuáles son las fases del morir y cómo actúan las personas en las diferentes etapas por las que han de pasar.
Desde allí se podrá dar razón visceral de la fe y de la esperanza, y no necesariamente con palabras aunque éstas muchas veces sean importantes.

3.3 Acompañar a la persona sufriente: responsabilidad de toda la comunidad cristiana
Es fundamental dejar claro, en relación a la pastoral que se está planteando, que el ministerio del cuidado y acompañamiento debe ser realizado, necesariamente, desde el marco de la comunidad de fe.
Si bien esta es una tarea que muchas veces es desarrollada por el o la pastora, no es una tarea que deba ser de la exclusiva responsabilidad de quienes desempeñan el ministerio de la Palabra. El laicado, en esta como en otras cuestiones, debe desempeñar un rol importante especialmente si se parte del concepto de ministerio universal de todos los cristianos.
Es importante entonces que el acompañamiento a quienes están padeciendo por la cercanía de la muerte pueda ser desarrollado tanto por quienes están consagrados al ministerio específicamente pastoral, como así también por aquellos hermanos y hermanas que sienten la vocación de servicio en la comunidad de fe mediante un ministerio específico como el del acompañamiento o la visitación.
Para lograr un buen resultado en este sentido es menester procurar la formación de un equipo de acompañantes en el que interactúen personas ordenadas y laicas para un mejor y más efectivo trabajo de acompañamiento y para una mejor administración de los Dones de la comunidad de fe.
La presencia del pastor y o la pastora, en este equipo de acompañantes, será de gran ayuda ya que tienen la posibilidad de brindar los recursos obtenidos en su capacitación y experiencia. Sumando a ello las experiencias y dones de los laicos y laicas de la iglesia, se aportará un fruto óptimo al acompañamiento a la persona enferma terminal.
El trabajo en equipo es una manera de potenciar dones y capacidades poniendo siempre en el centro las necesidades y padecimientos de las personas.
Para hacer este planteo partimos de la convicción de que una Iglesia es verdaderamente Cuerpo de Cristo en la medida en que todos y todas sus miembros interactúan mancomunadamente en la misión de llevar esperanza a las personas desesperanzadas, aliento a las desmayadas, sentido a las que están abrumadas por los sinsentidos de la existencia.
Este planteo necesariamente va contra un modelo pastorcentrista, aún vigente en muchas comunidades, basado en la autoridad y en la figura del pastor como representante de Dios o como responsable de la vida "espiritual" de las personas. También se opone a una manera de entender la tarea de la iglesia como una tarea de unos pocos, generalmente varones.
Si se quiere hacer del ministerio de acompañamiento a personas enfermas terminales un espacio rico para la vida, se debe partir de un trabajo conjunto y solidario que posibilite el acompañamiento, capacitación y apoyo mutuos.
De esta manera la comunidad de fe estará respondiendo al desafío evangélico de servir a Jesús mediante el servicio a la persona que sufre, a la que está desesperada, angustiada, enferma, etcétera.
Acompañar, sentir compasión, dejar que las entrañas se muevan ante el sufrimiento del otro, compartir las perspectivas de una vida nueva, dar razón de la fe y la esperanza desde Jesús, obviamente es una tarea que está bajo la responsabilidad de la comunidad de fe en su conjunto.
Ser fieles al Evangelio que ha sido ofrecido a los cristianos y cristianas a lo largo de los tiempos, implica entonces trabajar como cuerpo sirviendo a las personas por amor.
Desde estas conceptualizaciones (que parten de la vivencia de la fe en comunidad) se podrá, por ejemplo, trabajar en las comunidades mediante talleres de capacitación destinados a las personas que estén dispuestas a servir a Jesús mediante el acompañamiento a quien está sufriendo por la enfermedad o por la inminencia de su propia muerte. El desafío de la Iglesia de cara al próximo milenio pasa por la dinamicidad de la comunidad y por la capacitación de sus integrantes para un mejor desarrollo de la misión, el servicio, la proclamación, etcétera.
Esta tarea sin dudas no será fácil, por un lado dado que no está desarrollada suficientemente en el presente, y por otra parte porque estará enmarcada en un contexto no muy favorable para el tratamiento de cuestiones relacionadas a la muerte, el dolor, etcétera (que como se ha visto es objeto de negación social).
Sin embargo muchas personas necesitan ser acompañadas en sus últimos días, con afecto, solidaridad, amor. En virtud de sus necesidades las iglesias deberán ser creativas para lograr una aproximación a la persona enferma más fecunda, constante y responsable que evidencie su opción de testimonio y servicio al Señor de la vida, mediante el servicio a quienes atraviesan por momentos de dolor, sufrimiento o desesperanza en un mundo marcado por el abandono de los más débiles.

 

 

 

 

 


CONCLUSIÓN

Como hemos podido ver a lo largo de este trabajo de investigación la realidad de la muerte y el sufrimiento sacude la vida de las personas y es difícil de acompañar el proceso del morir si no se tienen en cuenta varios factores que resultan decisivos para la interpretación y vivencia de ésta realidad de la vida humana.
Ha sido remarcado con insistencia que el contexto en el que hoy se enfrenta la experiencia de la muerte y el morir esta marcado por una fuerte negación de la muerte. Dicha negación -que deshumaniza- deriva del hecho que actualmente la persona es secundaria en relación a los intereses comerciales de un mundo injusto que pone al dinero y las ganancias por sobre cualquier otra realidad.
En el caso de las personas enfermas esto acentúa dramáticamente la situación, ya que ellas son consideradas como improductivas y por lo tanto no cuentan (a no ser como consumidoras de costosos tratamientos médicos).
La negación de la muerte en este sentido -y como ha sido dicho- implica la negación de la vida misma.
Además, con la negación de la muerte que pone a la vida en un segundo plano, se tiene la intencionalidad clara de negar las causas que producen tantas muertes evitables, tantos sufrimientos prolongados por el mero deseo de obtener más dinero, o con el fin de no aceptar que el sueño de una vida feliz, jovial y hermosa es en realidad una farsa que se ofrece como real.
El peso de dichas cuestiones se hace presente, evidentemente, en el ámbito tecnologizado de la medicina donde la persona también está, muchas veces, desplazada del centro de atención. Esto deriva en algunos problemas de índole ético que aún no han sido resueltos (comunicación de la verdad a la persona enferma terminal y el tema de dejarla morir o no) y que tienen que ver con la vida y la calidad de la muerte.
Nosotros hemos intentado, respecto a la cuestión de la prolongación de la vida, poner la vida con sentido como paradigma ético fundamental a considerar para la toma de cualquier decisión. En oposición a dicho planteo está, naturalmente, aquel que permite la utilización de cualquier recurso para lograr la prolongación de la "apariencia de vida".
Todo esto, como se ha afirmado, impone (desde lo socioeconómico y desde lo cultural) una cosmovisión que condiciona la vivencia del morir.
Las fases de ese proceso son negativamente afectadas por el contexto de manera que la acción pastoral con la persona enferma deberá atender estas cuestiones. La finalidad será, entonces, posibilitar a las personas el encuentro de un sentido para la existencia y una esperanza aún en medio de situaciones angustiantes. Dicho hallazgo de sentido posibilitará acercarse a la muerte con una madura aceptación de la realidad.
Se deberá entonces acompañar pastoralmente con el propósito de ayudar a la persona enferma a lograr una aceptación de su muerte como parte de la vida y como parte de un proceso que -desde la aceptación- puede dotar de sentido y hasta revalorizar la vida misma.
Como hemos expresado, ante la muerte y el sufrimiento hay algunas cuestiones bíblico teológicas que colaborarán en la elaboración de la situación. Creemos haber hecho un aporte sustancial desde el rescate del concepto σπλαγχνιζομαι que manifiesta el sentir de Jesús frente a los padecimientos humanos. Jesús se conmueve y solidariza con las personas sufrientes mediante una compasión entrañable que puede aportar al consuelo de las personas creyentes.
A la vez, su muerte y resurrección aportan una perspectiva capaz de llenar de sentido la vida toda, en la esperanza de que las realidades que hoy nos lastiman y oprimen no son definitivas a partir de su opción por la vida de quienes sufren y de su denuncia contra todo dolor prolongado sin necesidad, contra toda muerte injusta y evitable, contra toda negación de una vida con sentido y una muerte que sea digna.
La Biblia y la teología, desde una perspectiva de esperanza y liberación, posibilitan a la persona sufriente descubrir -al menos- que en los momentos de dificultad hay alguien a su lado que se conmueve profundamente por el dolor y que está en la disposición de ayudar a llenar de vida toda realidad, incluso la de la muerte.
La actitud de Jesús ante el padecimiento de las personas por la fragilidad de sus vidas, permite encontrar fortaleza, esperanza y consuelo; ya que Él ha hecho una opción clara en favor de quienes sufren.
Todo esto revela que el aparente sin sentido de la vida que acontece con la presencia de la muerte, puede ser llenado de significado desde la fe en la encarnación muerte y resurrección de Jesús.
Jesús, por quien la muerte no es negada, aporta la posibilidad de que la vida cobre una significación profunda y que, aún en la muerte, se tenga una esperanza de que ella no es la realidad última y definitiva.
Ahora bien, no obstante lo dicho anteriormente, no es posible acompañar y consolar a la persona que está sufriendo ante la inminencia de su muerte desde un mero análisis contextualizado de la realidad, o desde el entendimiento de cuáles son los procesos psicológicos y afectivos que marcan esta experiencia, ni menos aún desde la declamación de floridos discursos bíblico teológicos pre diseñados.
Optar por quienes sufren implicará, entonces, un proceso de acercamiento a las personas en la búsqueda de acompañar sus necesidades existenciales desde el amor, la solidaridad, la entrega y el compromiso.
Sólo desde una actitud así definida se tendrá la posibilidad de ser efectivos en el cumplimiento del ministerio de acompañamiento y consolación a las personas sufrientes por una enfermedad terminal. Desde ya, como ha sido afirmado en el presente trabajo, este ministerio debe ser desarrollado tanto por personas ordenadas como por laicas.
Para terminar sólo resta decir que este trabajo seguramente no resolverá todos los desafíos y las problemáticas que surgen a la hora de acompañar desde la comunidad de fe a las personas sufrientes. Pero sí creemos que será un recurso que nos permitirá ser más sólidos para responder al ministerio de acompañamiento a la persona moribunda. Si logramos esto último la tarea que desarrollamos habrá sido valiosa.
Que el Dios que mueve sus entrañas y se compadece de quienes sufren esté bien cerca de todas aquellas personas que se preocupan por acompañar con calidez y calidad a la persona moribunda y que les sea propicio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


BIBLIOGRAFÍA

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